lunes, 14 de octubre de 2013

El rostro, a Roma



Amigos:

EL ROSTRO tendrá su estreno mundial en el próximo Festival Internacional de Cine de Roma

Ha sido seleccionada para participar de la prestigiosa sección CINEMAXXI, en la octava edición del Festival, dirigido actualmente por Marco Müller, que se realizará del 8 al 17 de noviembre.

El nombre de la sección, CINEMAXXI,  juega con los significados “cine del siglo XXI” y “MAXXI”, siendo éste el  Museo de Arte Moderno de Roma. 

Las películas seleccionadas son obras de autores consagrados como Aki Kaurismaki, Avi Mograbi, Victor Erice, Pedro Costa, Apichatpong, Manoel de Oliveira, Thomas Heise, Guy Maddin, Julio Bressane entre otros, junto a directores que renuevan el pensamiento audiovisual.

A todos los que hicimos EL ROSTRO la elección nos llena de alegría.

Gustavo

domingo, 22 de septiembre de 2013

EL ROSTRO


Amigos, pusimos fin a la posproducción de EL ROSTRO. Esta última semana terminamos la mezcla de sonido  y ahora queda hacer la copia final. 

Pronto, muy pronto,  tendremos noticias importantes sobre el comienzo del recorrido. Mientras tanto algunos datos:



Sinopsis

Un Hombre llega en un bote a una isla sobre el río Paraná.
Se dirige a un sitio donde hubo una casa o tal vez un caserío, y ya no hay nada.
Pequeños signos de algo viejo y perdido: su lugar natal.
Su  presencia permite que se corporicen las cosas en el lugar abandonado: ranchos y mesas, animales y canoas.
Construye, por volver habitar, el espacio para el reencuentro.
Pronto llegan otros a la isla: Mujer, Padre, Amigos, Niños… preparan una fiesta.
Es el reencuentro del Hombre con sus seres queridos. Con sus muertos y con sus pájaros, con la música del río y con sus dolores.

Ficha técnica y artística

64 min - Super 8, 16 mm- HD- 2013 - ARGENTINA
Elenco: GUSTAVO HENNEKENS - MARÍA DEL HUERTO GHIGGI - HÉCTOR MALDONADO - PEDRO GABAS
Dirección de Fotografía: LUIS  CÁMARA
Cámara de 16 mm: LUIS CÁMARA
Cámara de Súper 8 mm: GUSTAVO SCHIAFFINO
Sonido: ABEL TORTORELLI
Montaje: MARIO BOCCHICCHIO
Producción ejecutiva: GUILLERMO PINELES
Guión y Dirección: GUSTAVO FONTÁN
Producción: INSOMNIAFILMS, TERCERA ORILLA e INCAA
Distribución: OBRACINE

jueves, 15 de agosto de 2013

VISTO (desde la ventana)



Ella cuelga ropa en la terraza. Tendrá unos treinta años y cuelga ropa de niños. La ropa lavada está en una palangana  roja; ella levanta prenda por prenda, la estira y la cuelga con cuidado. 
Lentamente, la soga se llena de remeras y pantalones cortos de distintos colores y tamaños que brillan con el sol. 
Cada tanto, la mujer  se lleva la mano a la frente y reacomoda un mechón de pelo arisco.  
Junto a ella hay un pequeño; le sigue los pasos, van como en conjunto. El niño parece distraído con algunas  gotitas de agua que caen todavía de la ropa. No debe caminar desde hace mucho porque mantiene el equilibrio con dificultad. A veces, el niño tironea a la madre desde el pantalón reclamando algo, pero ella sigue con su tarea y el pequeño se resigna.
Está solo en la terraza. Tiene auriculares grandes en sus orejas. De pronto da algunos pasos de baile espasmódicos,  se tranquiliza –como si repasara algo mentalmente- y vuelve a intentarlo. Después camina por la terraza simplemente. Va y viene, de una pared a la otra.
Ella  lee sentada en una silla, en el pequeño sector de sol que los edificios permiten en su patio. No es posible ver el libro  en su totalidad;  sólo el fragmento que el  cuerpo inclinado  sobre él  recorta, y  el movimiento de una de las manos pasando las hojas. También, un pañuelo a modo de turbante en su cabeza. Y el irremediable movimiento de la sombra.
Dos macetas grandes contra una pared. Una tiene una yuca, otra un falso muérdago. Contra la pared que las enfrenta hay dos  sillas de plástico apiladas y una maceta vacía. El viento se arremolina en esa terraza, juega con un puñado de hojas.
En un balcón alto, recortado contra el cielo gris y la llovizna, una mujer sacude una sábana blanca, blanquísima. Ella y tela se mueven como un todo suspendido en el vacío. Por un instante la tela concentra toda la luz y la refleja. Son algunos segundos: la mujer desaparece y sólo queda la huella en un paisaje indiferente. Y después los relatos sobre la huella.

viernes, 2 de agosto de 2013

VISTO Y OÍDO (En un viaje en tren)




El hombre entibia dos mandarinas al sol. Las apoya en el marco de la ventanilla, con cuidado, como si algo importante e invisible se jugara en ese acto. Después de un rato las gira y las cambia de posición: una ocupa el lugar de la otra. Las observa unos instantes; después se olvida.

-No me llamó, desde el año pasado no me llama. Te lo dije: para mí los años pares son inmundos.
 
La mujer tiene unos ojos oscuros  que sobresalen en su cara delgada, y  aunque los párpados parecen pesarle los mantiene  abiertos. Por momentos baja la mirada hacia su bebé dormido y la deja allí un rato, como si acariciara la cabeza  del pequeño, pero casi todo el tiempo tiene la mirada perdida en el afuera. No parece  mirar nada en especial sino simplemente entregarse  al movimiento y fugarse  ella también en la fuga de todo. Parece venir de un viaje infinito.

Ahora, vuelve nuevamente la mirada hacia su hijo, y ahí se quedan sus ojos. De pronto, fugaz, inesperada, se le dibuja una sonrisa en los labios que restituye la esperanza, un antes y un después gozoso.
-Se lo dejó a la vecina y cuando la vecina se lo devolvió estaba muerto.
Un conjunto de árboles: se pierde y deja una huella

Un perro viejo, flaco, camina de una punta a la otra del vagón, como si buscara su sitio.

-Hoy no. (Silencio). Te dije que hoy no 

Hay dos niños en el andén, casi de la misma edad, envueltos en larguísimas bufandas azules. Casi iguales los niños y las bufandas. Las puertas del tren se abren, están a dos pasos de ellas, pero no suben.  Inmóviles, miran hacia el interior del vagón con cierta nostalgia. Uno de ellos levanta la mano de pronto, simplemente levanta su mano derecha y saluda; se diferencia del otro.

A veces los rostros se reflejan en las ventanillas. A veces no.

domingo, 21 de julio de 2013

VISTO Y OÍDO (Alguna vez, en alguna internación de mi madre).

VISTO 

A través de la puerta entreabierta, sólo se ve parte de la cabeza, una mata de pelo canoso sobre la almohada, y una mano que acaricia la cabeza inmóvil con movimientos regulares. Más acá, de este lado, se mueven tres manchas blancas sobre la superficie imperfecta de la puerta. Tres manchas blancas, brillantes, que titilan como si estuviesen vivas. Todo está quieto desde hace unos momentos, suspendido. Todo menos las tres manchas que vibran sobre la madera. Es así por unos instantes, como si el tiempo se abismara para que uno pueda verse a sí mismo en ese vacío.

OÍDO 

Ella: Entremos que estoy cansada. 
Él: Estamos adentro, estás en la cama. 
Ella: No me tomes por tonta, no me digas lo que no es. 
Él: ¿Y dónde estamos? 
Ella: En el patio. 
(Silencio)
Él: ¿Y qué ves?
(Silencio)
Ella: El cielo. 
Él: ¿Y qué más? 
Ella: Muchas flores silvestres, muchas de esas flores que llaman culo sucio. 

VISTO

Cuando la enfermera atraviesa la puerta para entrar a la habitación, las luces danzan sobre su cuerpo. Por unos instantes, el blanco del guardapolvo resplandece. Blanco sobre blanco. Quizás, si uno pudiera detener ese momento, liberarlo de su fugacidad, debería cerrar los ojos. Y eso hago.

jueves, 13 de junio de 2013

Palamazczuk

Una cuestión: un hombre, un nombre. Peter Palamazczuk.

Rodolfo Walsh consigna una entrevista con Palamazczuk en junio de 1966, en la Colonia y Hospital Maximiliano Aberastury ¿Importa que al sanatorio se lo nombrara popularmente como leprosario del Cerrito, o leprosario de la Isla del Cerrito? No debería importar, ni tampoco el lugar, ni los 241 habitantes de la colonia que arrastraron su dolor por la isla hasta fines de la década del ’60. Walsh da acabada cuenta de sus penurias y de sus sueños en la nota, publicada inicialmente en la revista Panorama: La isla de los resucitados.

Brillante, profunda, conmovedora, la prosa de Walsh describe la vida en la colonia, la escasez de recursos, la falta de medicamentos, la angustia y también la creatividad, la organización, el trabajo, la lucha por la subsistencia y la esperanza de curación de los internados.

Pero Palamazczuk sigue siendo un signo de interrogación cuando uno termina de leer y releer la nota. Una identidad borrada en la grafía de nombres de otra lengua escritos de acuerdo a su fonética, datos de dudosa comprobación, genealogías alteradas, nacionalidades trocadas, jerarquías sin sustento. En este aquelarre de palabras sólo un par de líneas parecen conservar un rastro de precisión: “Recuerdo a un hombre flaco, lampiño, de mediana estatura. Nunca hablé con él, pero comíamos en el mismo restaurante, en la Waslavsten Haremes. Se llamaba Kafka.” dice Peter Palamazczuk y Walsh transcribe lo que acaba de escuchar, sin importarle, claro, si es la Waslavsten Haremes o la Waslavsten Häresie, o la Auslasten Haremes, o cualquier otra calle de Praga. Le importa, como le importaría a cualquiera, un nombre: Kafka. Como a mí me importa Palamazczuk.

Cuarenta y cinco años después de la publicación de la nota casi todos sabemos quién es Kafka. Los secretos han sido poco a poco exhumados. Pero Peter Palamazczuk, el hombre que declaraba haber almorzado con Kafka, probablemente entre 1901 y 1906, en un restaurante de Praga, en una calle que ya no existe pero que podría haber estado en el lugar donde la Parizká, viniendo del puente Cechúv, tuerce bruscamente para evitar su angostamiento en la calle de la torre vieja y pasa a llamarse Dlohuá, ahí, a unas doce cuadras del Castillo de Praga y a no más de seis de la casa de Kafka, Palamazczuk digo, ha desaparecido. Se esfumó, como la novela que Kafka estuvo escribiendo durante aquellos años, 1903-1904, El niño y la ciudad.

Sí, sí, sí. Lo sé. Vivo en este país. Walsh desapareció, treinta mil desaparecieron ¿Por qué habría de intrigarme la desaparición de un hombre que dice haber nacido en un país sin fronteras, Polonia-Rusia-Alemania? Que dice haber vivido cerca de un lugar que aparece en la nota como Wolynien y que debe haber sido en realidad Wolhynien, en Ucrania. Que dice haber habitado en una aldea llamada Reñenietz, una aldea inexistente en cualquier mapa de Polonia, Rusia, Alemania, Ucrania, que se quiera consultar, actual o antiguo. No sé si están claras las dificultades de la transcripción para un escritor, un hombre, urgente, urgido, como fue Rodolfo Walsh. No sé si están claras.

No sé si queda claro mi interés. Un hombre, Peter Palamazczuk, estudia Leyes en la Universidad de Praga, como Kafka, durante los mismos años en los que el Sr. K. cursa, primero Leyes y después Germanística e Historia del Arte. Lo encontramos luego en un leprosario, en la confluencia del Paraguay y el Paraná. En Paso de la Patria ha curado un árbol desahuciado hasta hacerlo revivir, dice el hachero Ramón Vázquez. Ha curado a wichis, pilagás, mocovíes, que pagaron sus servicios con trapitos tejidos, de colores vivos.

En 1966 se lo entrevista, ahí mismo en la Colonia Aberastury. Alguien afirma que Palamazczuk ha sido Director de la Obra Social de Krupp, una dinastía alemana que se dedicaba a la producción de piezas de artillería. Ha sanado a un árbol en Paso de la Patria. Otro relata haber visto una foto donde su ayudante llevaba la Cruz de Hierro. Ha curado a wichis, pilagás, mocovíes. Ha almorzado durante años en el mismo restaurante que Kafka. Ha estudiado Leyes con él. Ha descendido a los infiernos. Los datos objetivos de su biografía son un montón de sonidos sin grafía, la música de otra lengua. La Colonia dejó de existir hacia 1970. El tiempo pasa veloz como las palabras. Walsh desapareció el 25 de marzo de 1977. El tiempo está por hacer desaparecer otro hombre, otro nombre. Una cuestión.

Claudio L. Pérez

sábado, 4 de mayo de 2013

JUAN JOSÉ MANAUTA



El pasado 24 de abril murió el escritor entrerriano Juan José Manauta. Tenía 93 años.  Su obra es realmente grande.

Hay una hermosa foto en la edición de  los Cuentos Completos  (Universidad Nacional de entre Ríos, 2006): Manauta está junto a Juan L. Ortiz sobre una pequeña  colina a orillas del río Gualeguay. 

Los dos, vestidos con ropas claras, parecen levantarse sobre todo, casi rozar el cielo, pero a su vez, los dos tienen los pies hundidos (fundidos) en una masa oscura  y redondeada de tierras y de plantas.

Juan L. Ortiz escribió alguna vez sobre el Manauta que escribía sus primeras cosas: “Su elegía no está sólo en relación con la soledad del paisaje y con un sentimiento ya más personal, por más abierto e iluminado, de su propia soledad, sino también con el drama silencioso de los desheradados”.

Por su parte, en una entrevista que le hicimos cuando íbamos a filmar La orilla que se abisma, Manauta nos contó que  Juan L. le enseñó a escuchar el silencio.

En esa edición de los cuentos, Manauta escribe

“La obra escrita y publicada, a mi entender, conmina al autor a silencio, a callar…
Y heme aquí  violando una convicción que siempre me sostuvo.
¿Por qué?
Escribí sobre transportadores de almas, y de brujas contrabandistas; también velé a un niño dormido sobre un maloliente basural y soñando que remontaba su barrilete con auxilio de viento y aire puro; recordé a un hombre sin trabajo que hablaba con su perro y a otro que convertía en locomotora  una carretilla. Por todo eso y más me llamaron realista.
Callé. Seguí escribiendo y junté en este género lo que usted desechará o, con la adarga al brazo de su paciencia, tal vez lea.”