sábado, 29 de septiembre de 2007

El árbol en Valdivia

Entre el 5 y el 10 de octubre póximos se desarrollará el 14º Festival de Cine Valdivia. Me llena de satisfacción que "El árbol" haya sido seleccionada para participar de la Selección Oficial del filmes, en la Categoría "Largometrajes".

Todo reconocimiento resulta gratificante para quienes, como yo, hacemos cine desde este espacio tan difícil, al que suele denominarse "independiente". Espero que mi película esté a la altura del desafío, y sea del agrado del público trasandino.

A mi regreso, continuaré trabajando en mi nuevo largo, "La orilla que se abisma", acerca del poeta entrerriano Juan L. Ortiz, del que hablaremos pronto por este medio.

Gustavo

sábado, 1 de septiembre de 2007

El tiempo en imágenes

El tiempo en las imágenes

Por Roger Koza

En la última edición del festival de cine de Mar del Plata, el crítico Peter van Beuren, en la sección denominada Cine del futuro, decía que hay muchas películas para ver pero que éstas están escondidas. El árbol es un título casi fantasma, pues a diferencia de productos como "300", su campaña publicitaria equivale a un grado cero de difusión.

Es menester entonces dar testimonio de que existe un filme notable de 65 minutos de duración, un ensayo de naturaleza documental sobre lo extraordinario y poético del mundo cotidiano, el tiempo, el envejecimiento y la interacción entre la naturaleza y el hombre, aunque la belleza cinematográfica de El árbol es precisamente volver a postular la originaria pulsión del cine, su trágica dimensión filosófica: atrapar el tiempo, mostrar la duración de lo que existe en su devenir. El padre de la crítica cinematográfica, André Bazin, ya señalaba en la genealogía del cine la pretérita práctica de la momificación. El cine es tiempo embalsamado y condensado en luz.

Puede ser desconcertante ver un filme cuyo nudo narrativo es la discusión intermitente entre una pareja de ancianos respecto de cortar o no una de las acacias de la entrada de la casa en la que viven. Pero es edificante entender por qué se discute, y cómo Gustavo Fontán responde a ello sin ser explícito.
Del registro poético de la vida cotidiana de sus padres, que se inicia en la primavera de 2004 y que finaliza en el otoño de 2005, se predica la respuesta, elíptica aunque verificable hasta el último segundo de la película. Y si bien la totalidad del filme transcurre en una casa de Banfield, no es la claustrofobia el sentimiento dominante, sino una suerte de júbilo naturalista que transfigura el hogar en un espacio cósmico en miniatura.

En efecto, El árbol pertenece a una tradición cinematográfica en la que la contemplación es un método de trabajo por el cual se obtiene de lo que es visible pero no se ve un hallazgo de la hermosura física y artística del mundo. Al igual que Érice en El Sol del membrillo y Guerín en Tren de sombras, Fontán advierte que el cine es ver el tiempo y la mutación de los seres en su duración. Así, un plano de abejas en el árbol, las hormigas flotando en el agua de lluvia sobre el patio, la tormenta pegando sobre la ventana son vestigios del devenir, aunque el pasaje en el que los dos ancianos se van a dormir y el tictac del reloj del living se vuelve omnipresente compendia la búsqueda de un cineasta por retratar al tiempo. Es un momento asombroso, anunciado previamente en la escena en la que los ancianos ven viejas diapositivas, y que permite también apreciar la concepción general del sonido del filme. Hay aquí un sistema de relevos entre sonido e imagen que le hubiera encantado a Bresson.

Al inicio una cita del poeta entrerriano Juan L Ortiz anuncia un camino poético. Acaso El árbol es una meditación sobre el habitar, que implica, ontológicamente, pensar el tiempo y el ser. Poéticamente habita el hombre sobre la tierra, decía el poeta Hölderlin. Sentencia que Ortiz podría haber escrito y Fontán materializa en esta película única.
El Árbol. Clasificación: Muy Buena. (Argentina, 2006). Dirección: Gustavo Fontán. Guión: G. Fontán. Intérpretes: Julio Fontán y María Merlino. Fotografía: Diego Poleri. Edición: Marcos Pastor. Sonido: Javier Farina. Género: ensayo documental. Duración: 65 minutos. Apta para todo público. Salas de estreno: Espacio Incaa, ciudad de las Artes. Para quienes tengan la sospecha de que el cine puede ser poético. Una virtud : el dominio del lenguaje cinematográfico. Un pecado: que se exhiba sólo por cuatro días.

La Voz del Interior, Espectáculos, 21 de abril de 2007, por Roger Koza

sábado, 18 de agosto de 2007

Una búsqueda atípica en el cine argentino

EL ÁRBOL, Una búsqueda atípica en el "cine argentino"

Por Diego Gresca, para el National Film Review, Capítulo argentino

Si es que existe un "cine nacional" entre nosotros, más allá de La guerra gaucha, otras películas de temática "argentina" y la filmografía de Leonardo Favio, signada por la búsqueda estética, El árbol se inscribiría en ella compartiendo las premisas de Favio. Un cine de interdicción que interroga al espectador sobre la misma esencia del relato cinematográfico. El árbol, más allá de la anécdota mínima que narra, es una película sobre el cine, sobre las variadas formas que el arte propone para instituirse como tal. Una historia mínima, familiar, doméstica, que sin embargo alcanza, por las formas con las que se narra, para constituir el relato filmográfico.

Nada ocurre, o dicho de otra manera, lo que va a ocurrir, inscripto en la lógica del devenir, es conocido por el espectador desde el primer momento. ¿Qué ha de esperarse acerca de un árbol que está irremediablemente muerto desde la primera escena? ¿Que caiga, de una u otra forma, como augura el personaje femenino, la madre? ¿o que renazca de entre sus propia irreversible finitud, como espera el padre?

El árbol nos habla sobre el tiempo, sobre el tiempo en la vida, pero, sobre todo, sobre el tiempo cinematográfico. Las estaciones se suceden; y los climas, más o menos auspiciosos. Las posiciones que creen interpretar lo que la vida propone, se explicitan con la simpleza propia de la naturaleza (humana) y avanzan hacia un final previsible. No hay información en el sentido llano del término, que conduzca al espectador en la dirección del desarrollo dramático, sino más bien una justificación vital de los pronósticos que los personajes efectúan desde el comienzo de la película.

Ese árbol va a caer. De una u otra forma, va a caer, va a derrumbarse sobre sí mismo, porque la ciencia salitrosa, la cultura, que el hombre pone en juego a partir de su deseo, no alcanzará para vencer la sabiduría sobre la vida que la mujer esgrime desde que robó la manzana de aquel otro árbol que le estaba prohibido. En el transcurso del inevitable acaecer la mujer barre las hojas, junta, por así decirlo, las pruebas que sustentan su opinión. El hombre se entretiene con el fluir de las aguas, con aquello que lo incita a las navegaciones que sabe sin regreso. Permanecer y partir, estar entre los refractados rayos de la luz sobre las hojas, o ir al encuentro de otras sombras. Permanecer o partir, estar inmerso en las señales precisas de la vida y de la muerte o intentar, hasta el final, un esfuerzo último, reparador y frustrante, inútil, de un viaje hacia el regreso imposible.

Los verdes, mientras tanto, se transfiguran, alcanzan a enmarcar el rostro de un fauno que, ante la égloga simple del racionalismo de un vecino, nos hace pensar que tal vez. Los labios de una mujer que visita a la pareja que disputa sobre un instante llamado fin, han sido tatuados por el tiempo, proponen la resignación en la orilla del licor casero, de naranjas o mandarinas suponemos, con el que se brinda por un reencuentro fallido. No volveremos a encontrarnos, nunca. Cada instante nos ha devorado y nos ha hecho otros.

Y la luz entre el follaje, y el sonido de las hojas y del agua, imágenes proyectadas sobre paredes y puertas antiguas que a su vez nos son proyectadas conteniendo rostros desdibujados por el tiempo y por las puertas y paredes de aristas limadas, escindidas, y el cantar del agua que cae, el del agua que golpea, el del agua que corre.

El haiku ¿puede fimarse? Y ¿puede filmarse la poesía? Puede el relato ralentarse y pautarse, acentuarse como versos primitivos, como oscuros cantos sin reglaje, como imprecaciones domésticas ante el altar de los muertos. ¿Puede?

Eso es El árbol, una gran pregunta sobre el cine, sobre el relato cinematográfico. Una pregunta donde, creo, debería celebrarse la valentía misma de haberla planteado aquí, entre nosotros, bárbaros modernos que acabamos de descubrir el cine de acción, el de suspenso y, sobre todo, los efectos especiales.

Una película es, en definitiva, una suma de saberes y sensibilidades que permanecían dispersas hasta que alguien, el director, logra seducirlas, entusiasmarlas, disciplinarlas tras un objetivo común de inciertas repercusiones.
Digo que es una cruzada hacia un sepulcro pagano, una batalla a la que algunos aún deciden presentarse con las armas que han rescatado de otros campos, para salvarnos, para salvar nuestra sensibilidad del adocenamiento.

viernes, 3 de agosto de 2007

Proyección de "Donde cae el sol"

El próximo martes 14 de agosto, en la Casa de la Provincia de Buenos Aires, sita en Av. Callao 237, de la Capital Federal, se proyectará el primer largometraje de Gustavo Fontán, "Donde cae el sol", dentro del Ciclo de Cine Nacional "Hugo del Carril", en homenaje a los grandes creadores del medio.

La entrada es libre y gratuita.

martes, 24 de julio de 2007

Presagiando la orilla que se abisma

"Canto del cisne" es la primera de una trilogía de películas dedicadas a poetas.

Iniciada ésta hace más de una década, y continuada con "El paisaje invisible" -sobre el escritor jujeño Jorge Calvetti-, próximamente la concluiré con un largometraje acerca de la vida y obra del poeta entrerriano Juan L. Ortiz.

Gustavo Fontán

CANTO DEL CISNE

SINOPSIS

Los tres episodios que componen CANTO DEL CISNE exploran en el mundo y la mirada de Jacobo Fijman, un poeta fundamental en la literatura argentina, que, como rasgo biográfico sobresaliente, vivió más de treinta años en el neuropsiquiátrico, José T. Borda.

CANTO DEL CISNE es una indagación poética de su visión del mundo y del otro.


FICHA TECNICA

Años de producción: 1993-94

Duración: 20 min

Formato: 16 mm.

Producción: Roberto Forio

Fotografía: Eduardo Pinto

Arte: Ernesto Céntola

Montaje: Gustavo Hennekens

Guión y dirección: Gustavo Fontán

Comentario de VICENTE ZITO LEMA (En las I Jornadas de Literatura Argentina: tradición de cambio, organizadas por ARTENPIE)

“Qué silencio. Yo podría preguntar qué hay detrás de nuestro silencio. Un silencio muy profundo el que provoca la película. Aún sin conocer a Fijman hay en la trama la transmisión de una experiencia dolorosa. Hay dolor allí y el dolor fue contado. Se transmite dolor pero también se transmite belleza. En ese sentido podríamos preguntarnos si para tener que ver CANTO DEL CISNE necesitamos saber algo sobre Jacobo Fijman. Yo creo que no. Ese es su mérito. No hay en ella un decir sobre Fijman, sobre la historia de Fijman. Apenitas puntas: vemos un hombre que toca el violín (sí, Fijman tocaba el violín), un hombre internado en un hospicio (sí, Fijman fue internado en un hospicio), oímos un fragmento de un poema de Fijman… Pero el director entró en el mundo de Fijman, nos emocionó desde Fijman. Ese es uno de los efectos que produce el arte: de golpe, sin saber todo, sabemos mucho. Y de ahí el silencio.”

sábado, 14 de julio de 2007

De la escritura y el cine

(Texto acerca del tema "De la escritura y el cine", leído por Diana Bellessi en el Segundo Encuentro Nacional de Escritores, La Plata, junio de 2007)

La frase

Me parece advertir algo en la escritura, tanto en la prosa como en el verso, que podría asociar con mi manera de escuchar música o de ver cine. Con mi manera de apreciar el arte o de entrar a la cosa; algo que llamo, metafóricamente, la frase.

Y que no se trata, seguro, de un mero sintagma ordenado por las leyes de la lengua, ya que hablamos también de otros lenguajes, cuyo soporte fundamental es auditivo o visual. En el caso de la escritura, podría pensarse que la frase se radicaliza en el verso, pero los libros de ficción que más amo, llevan a cabo esta acción de una manera tan peculiar como la poesía misma, y a menudo en contra de las leyes del propio idioma, o bajo el uso de sus procedimientos más inusuales, o más cercanos al habla, la prima chiflada y rebelde de la lengua.

¿Han visto ustedes cómo frasea la música, llevándonos por el hocico, o llevando nuestro espíritu adonde quiere? En el solo de una voz o de un instrumento, en el contrapunto de dos, en la masa sonora de toda la orquesta que articula sus frases como si ocupara el vacío del universo.

¿Y han visto ustedes en el cine frasear a las imágenes en movimiento, como olas del mar o como baldes de agua echada sobre las baldosas de un piso, que hablan de la vida y de la muerte, de la memoria arrojada al océano del tiempo, como en una película de Fontán -El árbol- por ejemplo?

Ese diminuto fractal entero en sí mismo, en su ritmo y color, en su acento, su voluntad de decir, que aparece de entrada e inaugura al que será el objeto entero, y se pierde a veces, se recupera luego, por intención o por accidente, mientras “editamos” el objeto entero, es decir, mientras llegamos a su fijación reabierta siempre por el que lee, el que oye o el que ve. Esa parte completa e incompleta al mismo tiempo, que demanda el resto, que susurra el todo.

Y seguramente viene, la frase, de nosotros mismos, pero un nosotros mismos inmerso en las aguas extensas de la lengua vivida por tantos otros –o del ejercicio de la mirada, el ejercicio de la audición-, en un cruce cultural de vencederos y vencidos, de lo dicho en anonimia, ayer o hace quinientos años, pujando por nacer en una nueva reinvención, atándose incluso con lo impensable, nadando en la sordera del autor que le da la bienvenida.

Cuando hace unos días, como una niñita fui a los diccionarios en busca de las viejas diferencias entre frase, oración, sentencia gramatical, hallé esta insistencia: la frase es un conjunto de palabras que basta para formar sentido, aunque no llegue a constituir una oración cabal; la frase musical es una sección breve de una composición, con sentido propio, o también un período de una composición delimitado por una cadencia y que tiene sentido propio; o la frase posee sentido figurado con forma inalterable, de uso vulgar y que no incluye sentencia alguna; o es de uso común y sí expresa una sentencia pero a modo de proverbio, de sentido antiguo y difuso.

Incompleta, de uso vulgar, de sentido figurado, que no incluye sentencia alguna o es pura sentencia inalterable a modo de proverbio. Esta cosa, sin embargo, basta para formar sentido, limitada por una cadencia, estructurada por una música, una melodía, tiene sentido propio; casi independiente; menos afectada por el verbo, es decir el tiempo. “Como anillo al dedo”, decimos. “El día que no me case” me dijo un vecino ayer; ¿quiso decir: si no me caso?; ¿cuándo esté seguro de que ya no me casaré?; ¿sé que no me casaré?; ¿enunciaré al fin, o quedará finalmente claro que no voy a casarme? Esa perturbación del tiempo y de los significados que a menudo la frase trae consigo en el habla individual pero también regional, en el territorio de las clases sociales, en el choque irresuelto de las lenguas, como fósiles vivientes que vuelven a hablar una y otra vez pujando por entre la masa ordenada del idioma; índole y aire especial de cada idioma haciéndose a lo largo de los siglos; marcas de la anonimia que asaltan la voz de un sujeto desprevenido y le dan casa, calor, entonación; le dan sentido.

Átomos que construyen moléculas, que construyen tejidos... Cuando el yo lírico de un poema, cuando el narrador de un relato, cualquiera que sea, omnisciente o no, es asaltado por la frase, devorado por ellas, recién ahí, el mundo que construye empieza a existir. Hablados por los otros hablamos o hallamos nuestro lugar; nos reencontramos con una lengua secreta, íntima, impúdica, llena de sentido y de sonido que celebra ceremonias de alegría o de miedo o de dolor.

¿Cómo empieza un poema?, me suelen preguntar; empieza con una frase, suelo responder; o cuando ella me encuentra, por accidente diría, entonces el poema se resuelve, halla su sentido y su cauce. Porque trina un pajarito, porque un vecino dice algo en la vereda, porque el libro que leo me la dio; cualquier cosa puede ser la puerta, la frase de una imagen, la de una cadencia donde habla la voz; desarrapada, incompleta, vulgar, en litigio con el tiempo por su salvaje presentividad que hace del pasado anónimo vida, y no historia oficial, y que asegura mi propia vida viviente fuera de los mapas que de inmediato me borrarán de esa historia.

Así entro, como lectora, a los libros que amo; o a las películas, a las esculturas -fijas, pero mi mirada en movimiento-, a los paisajes de Van Gogh -cada pincelada, una frase-, a la música de Haydn o de Nick Cave... Como una bárbara asaltada por la frase que lleva dentro de sí un mundo desplegado por otra frase, y otra y otra volviendo viviente lo que leo, lo que veo, lo que oigo, constantemente amenazado por el horror al vacío del sin sentido que organiza de modo incesante nuevos sentidos, desde aquella anonimia donde múltiples sujetos, sin poder alguno, lo experimentaron en la voz y lo marcaron en la lengua que con ellos hablo.

Los lenguajes del arte, entonces, no son cincelados ordenadamente desde el poder de los que saben e imprimen sus nombres, colocados luego en el mapa de la historia por aquellos que tienen el privilegio de dibujarlo. No; más bien parece que la experiencia de vivir contiene innumerable información en estado más o menos latente, capaz de emerger y marcar los lenguajes, de transformarlos continuamente por asalto de la frase, la gota en el océano que el océano contiene y del que da cuenta. Los naides sin nombre, sin enunciación escrita, fuera del mapa, los que viven y mueren y nadie se pregunta para qué o por qué, son los que pujan por entre los intersticios de la materia del arte y toman desprevenidamente al autor, que es uno más de ellos con un oficio específico: el de dejarse agarrar sin caer en pánico, y el de elegir al mismo tiempo poner lo propio en una resolución de estilo y de sentido.

Contradiciendo la lógica de los referentes semánticos previamente convenidos y naturalizados, diría que ésta, por ejemplo, es una frase caliente: “las violentas peras del olmo”, y no, “el olmo no da peras”, aunque ambas provengan de la gracia sin par del refrán: “no le pidas peras al olmo”. Porque la frase de la que hablo no es una mera unidad de significado, es una unidad de sentido que va por más, va por más sentido y a menudo va por otras frases también; y en ese ir por otras no teme al silencio, ni a la morosidad ni al torbellino; no se juega sólo por la plusvalía de la fácil comunicabilidad y le gusta saltar las cercas o quedarse, detenido el tiempo, en el éxtasis del baile o del banquete. Hace unos días escuché contar a la artista plástica María Juana Heras Velasco cómo había encontrado, en busca de materiales, una chapa troquelada que convocó su atención; al intentar comprarla le dijeron que era inservible, que era un error de fábrica -la frase-; así que se la regalaron y se la llevó a su estudio para montarla en una obra instalada más tarde en Caracas; y al final de ello, un albañil con el fratacho en la mano, se quedó mirando la obra y le preguntó: ¿qué significa?, y ella: ¿qué significa para usted?, y él dijo: “un silbo en el aire”. La frase, del arte.

No hablo de la desaparición del autor, sino que cuestiono su dominio. No cuestiono su subjetividad ni su oficio; su arte de atender el lenguaje de expresión elegido, y su atención, son imprescindibles. No es hijo de un repollo, sino de su tiempo y de sus maestros ­­­­­­­­­-los elegidos y hasta los rechazados-, y por supuesto de sus coetáneos, e incluso hijo de sus hijos, los más jóvenes que han salido a la arena después de él. Todo comparece en la materia de su representación, pero sobre todo comparece, de una manera extraña, aquello que no ha tenido representación; lo que no la ha tenido es su razón de ser, la razón de ser, me parece, del arte.

Y si la pantalla del televisor desplegando sus reality, parece destronar la realidad y entronizar su propia representación como realidad única; si la pantalla de la computadora navegando en internet, lleva a copiar y pegar de manera consciente o inconsciente y marca también sin cesar la lengua que escribimos y que hablamos, sigo pensando que es más intensa la voz humana en la turbulencia geológica que nos acoge. La imagen o el texto sin espesor ofrecidos en la pantalla parecen perder los rasgos de sus productores, desingularizarse, causando la impresión de que pueden ser tratados como elementos permutables dentro de una gramática virtual –aunque los blog vengan con nombre y apellido, hay una “escritura de blogger” que frecuentemente termina comiéndose al que enuncia, sujetándolo, entre otras variables, al arquetipo de la falsa espontaneidad.

También la singularidad es convertida en rol en los reality para beneficio de las estructuras de mercado. Pero aún si la voz humana se ha fundido con la pantalla, eso no importa, siempre y cuando quede lugar para la producción de un presente reinscripto que no naufrague en la banalidad y en la idiocia de la imaginación pública; y que recordando su pasado como la patria original de la felicidad –es decir, la voz de todo lo viviente y el desgajamiento de la voz humana- vuelva a adquirir privacía, densidad y sentido con la presencia de lo hasta ahora impresentable.

Aún si la frase responde a las reglas que impone el sistema de la lengua, no es una mera emanación de él, por eso entra a la vida, es dinámica y está marcada por la intención de los sujetos, como ya Bajtin nos lo dijera en su concepto de enunciado.

Esta frase de la que hablo no es monológica, es eminentemente dialógica; el fraseo supone el encuentro con la variada carga de singularidades que otros sujetos han ido depositando en la frase, tanto en su repetición como en su variación sobre un motivo, sea para volver a enunciarla a la manera del proverbio o para modificarla en el seno de su cuna –“no hay que pedirle peras al olmo” por ejemplo, puede devenir en “las violentas peras del olmo”-; y si el poema parte de una frase, se podría pensar que su estructura siempre se teje con otros; por eso el autor que imagino no es un autor dominante, es uno más respondiendo en el concierto de esas subjetividades.

“El tiempo de la historia es el cairós en que la iniciativa del hombre aprovecha la oportunidad favorable y decide en el momento de su libertad”; nos dice Giorgio Agamben. La frase, podríamos decir con él, es el cairós del lenguaje, el momento justo, una oportunidad para tomar lo dado como real y transformarlo; la frase se alza en la discontinuidad y resuena nuevamente en la voz para entrar, cada vez, en la historia; es un residuo, un significante inestable que asalta al lenguaje y detiene su linealidad en el tiempo; así lo hace hablar, quiebra tanto la sincronía de la voz -todo lo viviente- como la diacronía del discurso funcional -que reclama la estructura del lenguaje-; resuena en la voz y en la acumulación fragmentaria de lo experimentado por innumerables seres humanos en la anonimia; dinámica, en movimiento, se acoge a la estructura del lenguaje y simultáneamente lo quiebra. No es reducida por la estructura ni por el mero acontecer, es de la voz y es de la historia al mismo tiempo; así entra en la construcción de un objeto “inútil” y perturbador, el del arte, que incluye otros elementos también -la voluntad del autor, su ideología, sus sentimientos, etc.-; la frase reaviva las voces de los muertos y nos hace imaginar las de los no nacidos que contemplarán ese objeto inútil y perturbador, lo oirán o lo leerán devolviéndole su movimiento, su hacerse siempre, una y otra vez... El pasado no está muerto, y la noción de futuro tampoco, el presente aprovecha la ocasión y decide, “dando cumplimiento a la vida en el instante -como señala Agamben en Infancia e historia-[...] liberándose del tiempo lineal continuo, deteniéndolo para decidir su libertad”.

Viene la frase, en su insistente apelación de sentido -las manos envejecidas de una mujer, tendiendo la ropa limpia en una cuerda del patio, en la película de Fontán; una chapa blanca troquelada, cruzada por una línea roja alzando vuelo en el espacio, en la obra de María Juana Heras Velasco; ese decir: “un silbo en el aire”-; viene la frase relocalizada y reinventada en su accidente a convocar un sentido nuevo y viejísimo a la vez, a poner el presente en rebeldía de manera furiosa o dulce, dulcemente... como una imprecación o como la frase primera de un bebé o como el trinar de un pajarito -“que te arrecostás en la piedra de beber”, diría don Ramón Palomares-, o todo a la vez, vaya a saberse..., cuando las momias hablen de nuevo o las siluetas de los NN pasen por la resurrección de la carne que es el sueño de la frase, en el arte.

Diana Bellessi

viernes, 22 de junio de 2007

"El árbol", a Vancouver y Valdivia

Siguen las buenas noticias para "El árbol".

Recientemente me confirmaron dos participaciones en Festivales internacionales para "El árbol":

Vancouver (Vancouver International Film Festival,http://www.viff.org/), Canadá, a desarrollarse entre el 27 de setiembre y el 12 de octubre de este año, y Valdivia, en Chile, entre el 5 y el 10 de octubre.

Ambos acontecimientos se enmarcan dentro del auspicioso derrotero iniciado en el BAFICI 2006, cuando El árbol se estrenara.

No obstante estas novedades, me encuentro ya trabajando en un nuevo largometraje, un documental sobre la vida del poeta entrerriano Juan L. Ortiz, del que pronto trendrán noticias por este medio.

Nuevamente, gracias por el apoyo recibido.

Gustavo

domingo, 20 de mayo de 2007

Los ecos del Festival de Tribeca

Por Pablo Goldbarg

Suenan Las Raíces

"¿Alguna vez escuchaste crecer a las raíces de un árbol?", me preguntó él mientras hacía los crucigramas. Sin pronunciar una palabra lo miré a sus ojos sorprendido. Él sonrió y agregó, "Recién escuché tu respuesta".

"¿Hay entre los árboles una dicha pálida,
final, apenas verde, que es un pensamiento
ya, pensamiento fluido de los árboles,
luz pensada por éstos en el anochecer?"

(Juan L. Ortiz, El alba sube, 1937)

María Merlino afirma que el árbol está muerto. Julio Fontán opina que no. La tranquilidad que los acompaña con sus palabras hace de la discusión un evento pacífico y prolongado que construye una historia simple y profunda sobre el paso de la vida y la memoria.

María hace de María (Mary), y Julio hace de Julio. Ambos son los padres del escritor y director Gustavo Fontán, tanto en la realidad como en la ficción. Los tres logran burlarse de las fronteras que dividen las etiquetas de "documental" y "narrativo", aunque en los festivales de Argentina, Mexico, Polonia y ahora en Tribeca, se exhibe su filme El Árbol (The Tree) en la categoría de documentales. Será porque es un ejemplo de documento sobre el delgado límite entre la realidad y la ficción.

El lente del padre aumenta frente al lente del hijo, y las hojas mas pequeñas se convierten en gigantes. Hojas sobre hojas. Plantas pintadas sobre el empapelado. Gente conversando a través de más hojas. Los nombres y sus plantas se pertenecen mutuamente. Lo simple y lo cotidiano se hace importante con cada tarea que mantiene a los Fontán ocupados, y comienza a ocupar tambien al espectador como una reflexión paralela. Mary sueña con un castillo en el que todo es hermoso excepto un pequeño sector que debe ser reparado. El reecuentro se convierte en llanto "pero de alegría", dice la invitada. Las nubes y las ramas secas amenazan, pero una pequeña hojita en el árbol da esperanza. Mary sueña esta vez con zapatos, y es Julio quien se los pone. ¿Partirá? Más tarde.

Maurice Schell, uno de los editores de sonido más importantes del cine americano, dijo que cuando el sonido está bien usado y es sutil, hace una gran diferencia: más allá del proceso de intelectualización logra que la audiencia sienta. El Árbol es uno de los pocos documentales donde el juego cómplice entre las imágenes y los sonidos se hace eterno y constante, dándole el mismo peso e identidad tanto a unas como a otros, generando así capa sobre capa. "Ese árbol está seco", dice ella, mientras se ve agua invadiendo las baldosas del patio. Los cuerpos y rostros dejan de tener protagonismo, y el detalle de los pies, manos y objetos abordan al espectador con los diálogos y sonidos fuera de pantalla. Hasta el silencio se escucha. La cinematografía de Diego Poleri se escucha y el manejo de sonido de Javier Farusa se ve. Ambos se fusionan y meten en la intimidad de Julio y Mary de una manera deliciosa y detallista, pero no es intrusa; nos invita.

El trío Fontán nunca se separa, y se hace más presente que nunca en las diapositivas que se proyectan sobre la pared. Las memorias fuera de foco contagian a la imagen de la pareja, y mientras los miramos mirar, ellos también se hacen difusos. Julio se lava la cara en la pileta del patio, y mientras el agua chorrea sobre su rostro, otra mágica transición de Marcos Pastor anuncia la lluvia. Una nueva capa que se agrega al equipo que ayuda a Gustavo Fontán en una sola voz a comunicar su poesía llena de sentidos. Hasta el olfativo. Porque no sólo se huele el tercer sueño de Mary plagado de recuerdos, sino la tierra mojada y el verde que ilumina la oscura casa. Cada textura y vibración se sostienen por si mismos en este lenguaje que balancea con precisión lo que se muestra y lo que se oculta.

Las estaciones pasan y los dos árboles frente a la casa siguen siendo testigos de la historia de los Fontán. Un árbol esta vivo. El otro esta muerto. No para Julio. Observan por la ventana pasar la vida, los recuerdos y el inevitable movimiento del tiempo, incluso en la quietud. Las risas de Julio y los niños se mezclan con la máscara de la seriedad. Junto a su mujer se mantienen activos en lo simple del dia a dia, mientras abejas, hormigas y otros bichos se apoderan de la tierra con un nuevo anuncio. "¿Vamos a dormir?", dice él. "Bueno", contesta ella. Así de simple. Sueños que se sienten: el reloj, las campanas, los susurros. ¿Cuál será el cuarto sueño de Mary? Julio viaja a reencontrarse con alguien: se ven fotos pero no el reencuentro. El vacío sin su presencia se convierte en espera, más lluvia y sombras. La ventana indiscreta no revela. Los zapatos de Julio sí.
Cuando vuelve del viaje, el árbol está caído. Con la tranquilidad de siempre, y la resignación de lo que era de esperar, recupera algunas ramas, y se lleva el muerto adentro de la casa. Porque hay que velarlo como un integrante más de los Fontán, transformarlo y hacerlo eterno. Son las buenas memorias que resurgen, mientras se lo crema y alguna de sus ramas se hacen humo. Es el intento de volver a darle vida. Y lo logran... los tres. Es el símbolo del orgullo que los Fontán deben tener sobre Gustavo, quien echó raíces más allá de los 65 minutos que dura la película.

Pensaba responderle que no. Pero después apareció ella con una copia del crucigrama y lo comprendí mejor. Yo también las escucho crecer.

"El árbol"... Nueva crítica

(Por María Laura Caneda, estudiante de Diseño de Imagen y Sonido, publicada en la Revista Criterio N ° 2326 - Mayo 2007)

Sobre los recuerdos y el futuro del cine nacional
A propósito del reciente film argentino “El árbol” , de Gustavo Fontán

María y Julio, los personajes de este relato audiovisual, se ven inmersos en un universo repleto de recuerdos. Ambos en sus sesenta y pico, habitan un hogar donde los aromas de tiempos pasados vuelven a renacer a través de diapositivas que inmortalizan rostros familiares, inmutables, maniquíes de un tiempo muerto. Las acacias, dos árboles que viven en la vereda de los ancianos desde el nacimiento de uno de sus hijos, son la motivación de Julio en este universo en apariencia inmóvil. Uno de los árboles está a punto de desmoronarse, se ha secado y, según María, lo más conveniente sería quitarlo; pero Julio insiste en no hacerlo. Estas acacias se encuentran unidas, ramas entrelazadas que se abrazan para sostenerse entre sí: hermosa metáfora de María y Julio.

Los recuerdos son parte diaria de esta pareja. Quien los rememora a través del diálogo es ella: nombra a los amigos fallecidos, describe las situaciones en las diapositivas, recuerda hechos que sucedieron tiempo atrás. Julio recuerda a su manera; en el silencio trata de conservar y arreglar los objetos que lo invitan al recuerdo. Cada uno con su estilo construye el propio presente que también se halla entrelazado con el de su cónyuge. Dentro de esta construcción, Julio y María conviven en un tiempo que va construyendo desesperadamente otro tiempo que se dibuja en sus arrugas y en la corteza de las acacias, un tiempo tan propio que hace avanzar las agujas del reloj con una pausa infinita.

Julio intenta revivir la acacia con fertilizantes, única preocupación dentro de su vida. Finalmente el árbol cae sin necesidad de derribarlo. Es allí cuando Julio también se derrumba anímicamente. Aquella imagen a través de una de las pequeñas ventanas de la casa, en la que se ve a Julio quemando las ramas de la acacia, contiene una belleza estética y un significado simbólico muy rico y variado. A través del fuego se incineran los recuerdos: el humo y las cenizas son lo que quedan de las experiencias vividas.

A través de un registro documental, el director Gustavo Fontán narra reuniones familiares desde una calidad y tranquilidad que denotan cariño inmenso por su familia y por la labor cinematográfica que desempeña. Lo ayuda el hecho de trabajar con su familia, de conocer a los padres-actores, sus gestos, movimientos, sus maneras de sentir. Gustavo supo dónde ubicar la lente de la cámara, cómo iluminar, cómo construir ese universo sonoro, gracias a ese saber que fue construyendo desde su infancia.

Conocer cada rincón de su hogar lo ayudó a filmar esa escena en la que como un espía pequeño mira, a través de unas cortinas amarillentas, a su padre jugar con los nietos pequeños. Construye a través del sonido un ambiente de misterio que atraviesa al espectador y lo lleva a hundirse en ese universo tan personal.

Uno de los temas que más me atravesaron a mí como espectadora, fue el tratamiento de los recuerdos que se realiza en la película. Estos recuerdos se construyen a través de voces, de aromas narrados por María (ya llegará el cine con aromas), de fotos desgastadas en blanco y negro, paredes que susurran, pisos caminados por personas conocidas y otras no tanto.

Ella recuerda, él recuerda, cada uno a su manera; ella recuerda que el hueco del árbol había sido nido de cartas de amor, él recuerda el día en que lo plantó. Y yo recuerdo la sombra del árbol sobre la fachada de aquella casa. Rememoro el aroma a tilo, las veredas anaranjadas, la casa de piedra blanca casi gris, el aroma del tuco de la nonna, las arrugas de sus manos. Eso logra Fontán, hacer reflexionar al espectador acerca de sus propios recuerdos y de su propio tiempo también, del ahora; y cómo las vivencias se van volviendo recuerdo tan rápido. Cada espectador a su manera interpretará el lenguaje que el director ha mostrado en pantalla, cada uno recordará las partes de la película que quiera recordar. Como dice Pedro Aznar: “Qué locas son las cosas que al alma se le antoja conservar”.

El símbolo cultural del árbol está presente, las raíces relacionadas a la familia, también la corteza cuenta historias, como las arrugas de María y Julio. Pareciera además que Fontán gusta de los entrecruzamientos, de lazos laberínticos que muestra a través de la sombra de las ramas de las acacias, y cuando el agua recorre las pequeñas canaletas de las baldosas en la vereda.

El árbol se estrenó en el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (edición 2006), participó también del Marfici 2006 (Festival Internacional de Cine Independiente de Mar del Plata), se visualizó en Polonia y Uruguay, y se estrenó el 1º de febrero en los cines Gaumont y Tita Merello. Esperamos contar pronto con la versión en DVD.

En estos momentos el director se encuentra trabajando en un documental sobre el poeta entrerriano Juan L. Ortiz. Anteriormente Fontán realizó un mediometraje (documental con rasgos de ficción) en donde el protagonista es el poeta jujeño Jorge Calvetti; y ya tuvo una participación cinematográfica en 1986 Gombrowicz, o la seducción (Representado por sus discípulos), de Alberto Fischerman.

El cine argentino va construyendo aún su camino, su inmensa variedad de miradas en contraposición con otro cine que no hace más que crear estereotipos y situaciones en apariencia distintas pero de estructura idéntica. Hace tiempo que han surgido películas que invitan al espectador a pensarse: Pizza, birra, faso de Caetano-Stagnaro, La ciénaga de Lucrecia Martel, El custodio de Rodrigo Moreno, Los rubios de Albertina Carri, Cama adentro de Jorge Gaggero; películas que tratan diversos temas desde puntos de vistas distintos pero que invitan a la reflexión de los espectadores.

La cinematografía argentina también amplía su desarrollo realizando copodrucciones que ayudan al intercambio cultural, por ejemplo en Hamaca paraguaya de Paz Encina, participaron Paraguay, Argentina, Francia, Holanda, Austria y Alemania. Sería interesante lograr un sistema de coproducción entre países latinoamericanos, con temas más relacionados con los nuestros, preocupaciones existenciales, marginalidades, vivencias similares que en algún punto confluyen.

Parte de esta labor está siendo llevada a cabo desde el año 2003-4 por el OMA, Observatorio Mercosur Audiovisual, que es un “instrumento operativo creado por la RECAM (Reunión Especializada de Autoridades Cinematográficas y Audiovisuales del Mercosur y Estados Asociados) con el propósito de obtener, procesar y poner en servicio datos e información del cine de los países del Mercosur, para contribuir al desarrollo productivo y a la integración de la industria y la cultura audiovisual regional e iberoamericana”.

Este organismo no sólo se ocupa de gestionar y promover la relación de los países de la región iberoamericana sino también de fomentar el cine de cada país, defendiendo la diversidad y la identidad cultural de cada pueblo de la región.

En conclusión la película de Gustavo Fontán forma parte de un cine que logra crear una conciencia de individuo dentro de una determinada cultura, no una individualidad alienada, sino que invita a la reflexión al espectador y a un intercambio de diversas miradas.
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sábado, 5 de mayo de 2007

Pronto, novedades de Tribeca

Actualmente me encuentro en los Estados Unidos, con motivo de la participación de "El árbol" en el Festival de Cine de Tribeca.

No he tenido mucho tiempo de escribir, pero espero hacerlo la semana próxima con buenas noticias.

Nos vemos pronto.

Gustavo