martes, 24 de julio de 2007

Presagiando la orilla que se abisma

"Canto del cisne" es la primera de una trilogía de películas dedicadas a poetas.

Iniciada ésta hace más de una década, y continuada con "El paisaje invisible" -sobre el escritor jujeño Jorge Calvetti-, próximamente la concluiré con un largometraje acerca de la vida y obra del poeta entrerriano Juan L. Ortiz.

Gustavo Fontán

CANTO DEL CISNE

SINOPSIS

Los tres episodios que componen CANTO DEL CISNE exploran en el mundo y la mirada de Jacobo Fijman, un poeta fundamental en la literatura argentina, que, como rasgo biográfico sobresaliente, vivió más de treinta años en el neuropsiquiátrico, José T. Borda.

CANTO DEL CISNE es una indagación poética de su visión del mundo y del otro.


FICHA TECNICA

Años de producción: 1993-94

Duración: 20 min

Formato: 16 mm.

Producción: Roberto Forio

Fotografía: Eduardo Pinto

Arte: Ernesto Céntola

Montaje: Gustavo Hennekens

Guión y dirección: Gustavo Fontán

Comentario de VICENTE ZITO LEMA (En las I Jornadas de Literatura Argentina: tradición de cambio, organizadas por ARTENPIE)

“Qué silencio. Yo podría preguntar qué hay detrás de nuestro silencio. Un silencio muy profundo el que provoca la película. Aún sin conocer a Fijman hay en la trama la transmisión de una experiencia dolorosa. Hay dolor allí y el dolor fue contado. Se transmite dolor pero también se transmite belleza. En ese sentido podríamos preguntarnos si para tener que ver CANTO DEL CISNE necesitamos saber algo sobre Jacobo Fijman. Yo creo que no. Ese es su mérito. No hay en ella un decir sobre Fijman, sobre la historia de Fijman. Apenitas puntas: vemos un hombre que toca el violín (sí, Fijman tocaba el violín), un hombre internado en un hospicio (sí, Fijman fue internado en un hospicio), oímos un fragmento de un poema de Fijman… Pero el director entró en el mundo de Fijman, nos emocionó desde Fijman. Ese es uno de los efectos que produce el arte: de golpe, sin saber todo, sabemos mucho. Y de ahí el silencio.”

sábado, 14 de julio de 2007

De la escritura y el cine

(Texto acerca del tema "De la escritura y el cine", leído por Diana Bellessi en el Segundo Encuentro Nacional de Escritores, La Plata, junio de 2007)

La frase

Me parece advertir algo en la escritura, tanto en la prosa como en el verso, que podría asociar con mi manera de escuchar música o de ver cine. Con mi manera de apreciar el arte o de entrar a la cosa; algo que llamo, metafóricamente, la frase.

Y que no se trata, seguro, de un mero sintagma ordenado por las leyes de la lengua, ya que hablamos también de otros lenguajes, cuyo soporte fundamental es auditivo o visual. En el caso de la escritura, podría pensarse que la frase se radicaliza en el verso, pero los libros de ficción que más amo, llevan a cabo esta acción de una manera tan peculiar como la poesía misma, y a menudo en contra de las leyes del propio idioma, o bajo el uso de sus procedimientos más inusuales, o más cercanos al habla, la prima chiflada y rebelde de la lengua.

¿Han visto ustedes cómo frasea la música, llevándonos por el hocico, o llevando nuestro espíritu adonde quiere? En el solo de una voz o de un instrumento, en el contrapunto de dos, en la masa sonora de toda la orquesta que articula sus frases como si ocupara el vacío del universo.

¿Y han visto ustedes en el cine frasear a las imágenes en movimiento, como olas del mar o como baldes de agua echada sobre las baldosas de un piso, que hablan de la vida y de la muerte, de la memoria arrojada al océano del tiempo, como en una película de Fontán -El árbol- por ejemplo?

Ese diminuto fractal entero en sí mismo, en su ritmo y color, en su acento, su voluntad de decir, que aparece de entrada e inaugura al que será el objeto entero, y se pierde a veces, se recupera luego, por intención o por accidente, mientras “editamos” el objeto entero, es decir, mientras llegamos a su fijación reabierta siempre por el que lee, el que oye o el que ve. Esa parte completa e incompleta al mismo tiempo, que demanda el resto, que susurra el todo.

Y seguramente viene, la frase, de nosotros mismos, pero un nosotros mismos inmerso en las aguas extensas de la lengua vivida por tantos otros –o del ejercicio de la mirada, el ejercicio de la audición-, en un cruce cultural de vencederos y vencidos, de lo dicho en anonimia, ayer o hace quinientos años, pujando por nacer en una nueva reinvención, atándose incluso con lo impensable, nadando en la sordera del autor que le da la bienvenida.

Cuando hace unos días, como una niñita fui a los diccionarios en busca de las viejas diferencias entre frase, oración, sentencia gramatical, hallé esta insistencia: la frase es un conjunto de palabras que basta para formar sentido, aunque no llegue a constituir una oración cabal; la frase musical es una sección breve de una composición, con sentido propio, o también un período de una composición delimitado por una cadencia y que tiene sentido propio; o la frase posee sentido figurado con forma inalterable, de uso vulgar y que no incluye sentencia alguna; o es de uso común y sí expresa una sentencia pero a modo de proverbio, de sentido antiguo y difuso.

Incompleta, de uso vulgar, de sentido figurado, que no incluye sentencia alguna o es pura sentencia inalterable a modo de proverbio. Esta cosa, sin embargo, basta para formar sentido, limitada por una cadencia, estructurada por una música, una melodía, tiene sentido propio; casi independiente; menos afectada por el verbo, es decir el tiempo. “Como anillo al dedo”, decimos. “El día que no me case” me dijo un vecino ayer; ¿quiso decir: si no me caso?; ¿cuándo esté seguro de que ya no me casaré?; ¿sé que no me casaré?; ¿enunciaré al fin, o quedará finalmente claro que no voy a casarme? Esa perturbación del tiempo y de los significados que a menudo la frase trae consigo en el habla individual pero también regional, en el territorio de las clases sociales, en el choque irresuelto de las lenguas, como fósiles vivientes que vuelven a hablar una y otra vez pujando por entre la masa ordenada del idioma; índole y aire especial de cada idioma haciéndose a lo largo de los siglos; marcas de la anonimia que asaltan la voz de un sujeto desprevenido y le dan casa, calor, entonación; le dan sentido.

Átomos que construyen moléculas, que construyen tejidos... Cuando el yo lírico de un poema, cuando el narrador de un relato, cualquiera que sea, omnisciente o no, es asaltado por la frase, devorado por ellas, recién ahí, el mundo que construye empieza a existir. Hablados por los otros hablamos o hallamos nuestro lugar; nos reencontramos con una lengua secreta, íntima, impúdica, llena de sentido y de sonido que celebra ceremonias de alegría o de miedo o de dolor.

¿Cómo empieza un poema?, me suelen preguntar; empieza con una frase, suelo responder; o cuando ella me encuentra, por accidente diría, entonces el poema se resuelve, halla su sentido y su cauce. Porque trina un pajarito, porque un vecino dice algo en la vereda, porque el libro que leo me la dio; cualquier cosa puede ser la puerta, la frase de una imagen, la de una cadencia donde habla la voz; desarrapada, incompleta, vulgar, en litigio con el tiempo por su salvaje presentividad que hace del pasado anónimo vida, y no historia oficial, y que asegura mi propia vida viviente fuera de los mapas que de inmediato me borrarán de esa historia.

Así entro, como lectora, a los libros que amo; o a las películas, a las esculturas -fijas, pero mi mirada en movimiento-, a los paisajes de Van Gogh -cada pincelada, una frase-, a la música de Haydn o de Nick Cave... Como una bárbara asaltada por la frase que lleva dentro de sí un mundo desplegado por otra frase, y otra y otra volviendo viviente lo que leo, lo que veo, lo que oigo, constantemente amenazado por el horror al vacío del sin sentido que organiza de modo incesante nuevos sentidos, desde aquella anonimia donde múltiples sujetos, sin poder alguno, lo experimentaron en la voz y lo marcaron en la lengua que con ellos hablo.

Los lenguajes del arte, entonces, no son cincelados ordenadamente desde el poder de los que saben e imprimen sus nombres, colocados luego en el mapa de la historia por aquellos que tienen el privilegio de dibujarlo. No; más bien parece que la experiencia de vivir contiene innumerable información en estado más o menos latente, capaz de emerger y marcar los lenguajes, de transformarlos continuamente por asalto de la frase, la gota en el océano que el océano contiene y del que da cuenta. Los naides sin nombre, sin enunciación escrita, fuera del mapa, los que viven y mueren y nadie se pregunta para qué o por qué, son los que pujan por entre los intersticios de la materia del arte y toman desprevenidamente al autor, que es uno más de ellos con un oficio específico: el de dejarse agarrar sin caer en pánico, y el de elegir al mismo tiempo poner lo propio en una resolución de estilo y de sentido.

Contradiciendo la lógica de los referentes semánticos previamente convenidos y naturalizados, diría que ésta, por ejemplo, es una frase caliente: “las violentas peras del olmo”, y no, “el olmo no da peras”, aunque ambas provengan de la gracia sin par del refrán: “no le pidas peras al olmo”. Porque la frase de la que hablo no es una mera unidad de significado, es una unidad de sentido que va por más, va por más sentido y a menudo va por otras frases también; y en ese ir por otras no teme al silencio, ni a la morosidad ni al torbellino; no se juega sólo por la plusvalía de la fácil comunicabilidad y le gusta saltar las cercas o quedarse, detenido el tiempo, en el éxtasis del baile o del banquete. Hace unos días escuché contar a la artista plástica María Juana Heras Velasco cómo había encontrado, en busca de materiales, una chapa troquelada que convocó su atención; al intentar comprarla le dijeron que era inservible, que era un error de fábrica -la frase-; así que se la regalaron y se la llevó a su estudio para montarla en una obra instalada más tarde en Caracas; y al final de ello, un albañil con el fratacho en la mano, se quedó mirando la obra y le preguntó: ¿qué significa?, y ella: ¿qué significa para usted?, y él dijo: “un silbo en el aire”. La frase, del arte.

No hablo de la desaparición del autor, sino que cuestiono su dominio. No cuestiono su subjetividad ni su oficio; su arte de atender el lenguaje de expresión elegido, y su atención, son imprescindibles. No es hijo de un repollo, sino de su tiempo y de sus maestros ­­­­­­­­­-los elegidos y hasta los rechazados-, y por supuesto de sus coetáneos, e incluso hijo de sus hijos, los más jóvenes que han salido a la arena después de él. Todo comparece en la materia de su representación, pero sobre todo comparece, de una manera extraña, aquello que no ha tenido representación; lo que no la ha tenido es su razón de ser, la razón de ser, me parece, del arte.

Y si la pantalla del televisor desplegando sus reality, parece destronar la realidad y entronizar su propia representación como realidad única; si la pantalla de la computadora navegando en internet, lleva a copiar y pegar de manera consciente o inconsciente y marca también sin cesar la lengua que escribimos y que hablamos, sigo pensando que es más intensa la voz humana en la turbulencia geológica que nos acoge. La imagen o el texto sin espesor ofrecidos en la pantalla parecen perder los rasgos de sus productores, desingularizarse, causando la impresión de que pueden ser tratados como elementos permutables dentro de una gramática virtual –aunque los blog vengan con nombre y apellido, hay una “escritura de blogger” que frecuentemente termina comiéndose al que enuncia, sujetándolo, entre otras variables, al arquetipo de la falsa espontaneidad.

También la singularidad es convertida en rol en los reality para beneficio de las estructuras de mercado. Pero aún si la voz humana se ha fundido con la pantalla, eso no importa, siempre y cuando quede lugar para la producción de un presente reinscripto que no naufrague en la banalidad y en la idiocia de la imaginación pública; y que recordando su pasado como la patria original de la felicidad –es decir, la voz de todo lo viviente y el desgajamiento de la voz humana- vuelva a adquirir privacía, densidad y sentido con la presencia de lo hasta ahora impresentable.

Aún si la frase responde a las reglas que impone el sistema de la lengua, no es una mera emanación de él, por eso entra a la vida, es dinámica y está marcada por la intención de los sujetos, como ya Bajtin nos lo dijera en su concepto de enunciado.

Esta frase de la que hablo no es monológica, es eminentemente dialógica; el fraseo supone el encuentro con la variada carga de singularidades que otros sujetos han ido depositando en la frase, tanto en su repetición como en su variación sobre un motivo, sea para volver a enunciarla a la manera del proverbio o para modificarla en el seno de su cuna –“no hay que pedirle peras al olmo” por ejemplo, puede devenir en “las violentas peras del olmo”-; y si el poema parte de una frase, se podría pensar que su estructura siempre se teje con otros; por eso el autor que imagino no es un autor dominante, es uno más respondiendo en el concierto de esas subjetividades.

“El tiempo de la historia es el cairós en que la iniciativa del hombre aprovecha la oportunidad favorable y decide en el momento de su libertad”; nos dice Giorgio Agamben. La frase, podríamos decir con él, es el cairós del lenguaje, el momento justo, una oportunidad para tomar lo dado como real y transformarlo; la frase se alza en la discontinuidad y resuena nuevamente en la voz para entrar, cada vez, en la historia; es un residuo, un significante inestable que asalta al lenguaje y detiene su linealidad en el tiempo; así lo hace hablar, quiebra tanto la sincronía de la voz -todo lo viviente- como la diacronía del discurso funcional -que reclama la estructura del lenguaje-; resuena en la voz y en la acumulación fragmentaria de lo experimentado por innumerables seres humanos en la anonimia; dinámica, en movimiento, se acoge a la estructura del lenguaje y simultáneamente lo quiebra. No es reducida por la estructura ni por el mero acontecer, es de la voz y es de la historia al mismo tiempo; así entra en la construcción de un objeto “inútil” y perturbador, el del arte, que incluye otros elementos también -la voluntad del autor, su ideología, sus sentimientos, etc.-; la frase reaviva las voces de los muertos y nos hace imaginar las de los no nacidos que contemplarán ese objeto inútil y perturbador, lo oirán o lo leerán devolviéndole su movimiento, su hacerse siempre, una y otra vez... El pasado no está muerto, y la noción de futuro tampoco, el presente aprovecha la ocasión y decide, “dando cumplimiento a la vida en el instante -como señala Agamben en Infancia e historia-[...] liberándose del tiempo lineal continuo, deteniéndolo para decidir su libertad”.

Viene la frase, en su insistente apelación de sentido -las manos envejecidas de una mujer, tendiendo la ropa limpia en una cuerda del patio, en la película de Fontán; una chapa blanca troquelada, cruzada por una línea roja alzando vuelo en el espacio, en la obra de María Juana Heras Velasco; ese decir: “un silbo en el aire”-; viene la frase relocalizada y reinventada en su accidente a convocar un sentido nuevo y viejísimo a la vez, a poner el presente en rebeldía de manera furiosa o dulce, dulcemente... como una imprecación o como la frase primera de un bebé o como el trinar de un pajarito -“que te arrecostás en la piedra de beber”, diría don Ramón Palomares-, o todo a la vez, vaya a saberse..., cuando las momias hablen de nuevo o las siluetas de los NN pasen por la resurrección de la carne que es el sueño de la frase, en el arte.

Diana Bellessi

viernes, 22 de junio de 2007

"El árbol", a Vancouver y Valdivia

Siguen las buenas noticias para "El árbol".

Recientemente me confirmaron dos participaciones en Festivales internacionales para "El árbol":

Vancouver (Vancouver International Film Festival,http://www.viff.org/), Canadá, a desarrollarse entre el 27 de setiembre y el 12 de octubre de este año, y Valdivia, en Chile, entre el 5 y el 10 de octubre.

Ambos acontecimientos se enmarcan dentro del auspicioso derrotero iniciado en el BAFICI 2006, cuando El árbol se estrenara.

No obstante estas novedades, me encuentro ya trabajando en un nuevo largometraje, un documental sobre la vida del poeta entrerriano Juan L. Ortiz, del que pronto trendrán noticias por este medio.

Nuevamente, gracias por el apoyo recibido.

Gustavo

domingo, 20 de mayo de 2007

Los ecos del Festival de Tribeca

Por Pablo Goldbarg

Suenan Las Raíces

"¿Alguna vez escuchaste crecer a las raíces de un árbol?", me preguntó él mientras hacía los crucigramas. Sin pronunciar una palabra lo miré a sus ojos sorprendido. Él sonrió y agregó, "Recién escuché tu respuesta".

"¿Hay entre los árboles una dicha pálida,
final, apenas verde, que es un pensamiento
ya, pensamiento fluido de los árboles,
luz pensada por éstos en el anochecer?"

(Juan L. Ortiz, El alba sube, 1937)

María Merlino afirma que el árbol está muerto. Julio Fontán opina que no. La tranquilidad que los acompaña con sus palabras hace de la discusión un evento pacífico y prolongado que construye una historia simple y profunda sobre el paso de la vida y la memoria.

María hace de María (Mary), y Julio hace de Julio. Ambos son los padres del escritor y director Gustavo Fontán, tanto en la realidad como en la ficción. Los tres logran burlarse de las fronteras que dividen las etiquetas de "documental" y "narrativo", aunque en los festivales de Argentina, Mexico, Polonia y ahora en Tribeca, se exhibe su filme El Árbol (The Tree) en la categoría de documentales. Será porque es un ejemplo de documento sobre el delgado límite entre la realidad y la ficción.

El lente del padre aumenta frente al lente del hijo, y las hojas mas pequeñas se convierten en gigantes. Hojas sobre hojas. Plantas pintadas sobre el empapelado. Gente conversando a través de más hojas. Los nombres y sus plantas se pertenecen mutuamente. Lo simple y lo cotidiano se hace importante con cada tarea que mantiene a los Fontán ocupados, y comienza a ocupar tambien al espectador como una reflexión paralela. Mary sueña con un castillo en el que todo es hermoso excepto un pequeño sector que debe ser reparado. El reecuentro se convierte en llanto "pero de alegría", dice la invitada. Las nubes y las ramas secas amenazan, pero una pequeña hojita en el árbol da esperanza. Mary sueña esta vez con zapatos, y es Julio quien se los pone. ¿Partirá? Más tarde.

Maurice Schell, uno de los editores de sonido más importantes del cine americano, dijo que cuando el sonido está bien usado y es sutil, hace una gran diferencia: más allá del proceso de intelectualización logra que la audiencia sienta. El Árbol es uno de los pocos documentales donde el juego cómplice entre las imágenes y los sonidos se hace eterno y constante, dándole el mismo peso e identidad tanto a unas como a otros, generando así capa sobre capa. "Ese árbol está seco", dice ella, mientras se ve agua invadiendo las baldosas del patio. Los cuerpos y rostros dejan de tener protagonismo, y el detalle de los pies, manos y objetos abordan al espectador con los diálogos y sonidos fuera de pantalla. Hasta el silencio se escucha. La cinematografía de Diego Poleri se escucha y el manejo de sonido de Javier Farusa se ve. Ambos se fusionan y meten en la intimidad de Julio y Mary de una manera deliciosa y detallista, pero no es intrusa; nos invita.

El trío Fontán nunca se separa, y se hace más presente que nunca en las diapositivas que se proyectan sobre la pared. Las memorias fuera de foco contagian a la imagen de la pareja, y mientras los miramos mirar, ellos también se hacen difusos. Julio se lava la cara en la pileta del patio, y mientras el agua chorrea sobre su rostro, otra mágica transición de Marcos Pastor anuncia la lluvia. Una nueva capa que se agrega al equipo que ayuda a Gustavo Fontán en una sola voz a comunicar su poesía llena de sentidos. Hasta el olfativo. Porque no sólo se huele el tercer sueño de Mary plagado de recuerdos, sino la tierra mojada y el verde que ilumina la oscura casa. Cada textura y vibración se sostienen por si mismos en este lenguaje que balancea con precisión lo que se muestra y lo que se oculta.

Las estaciones pasan y los dos árboles frente a la casa siguen siendo testigos de la historia de los Fontán. Un árbol esta vivo. El otro esta muerto. No para Julio. Observan por la ventana pasar la vida, los recuerdos y el inevitable movimiento del tiempo, incluso en la quietud. Las risas de Julio y los niños se mezclan con la máscara de la seriedad. Junto a su mujer se mantienen activos en lo simple del dia a dia, mientras abejas, hormigas y otros bichos se apoderan de la tierra con un nuevo anuncio. "¿Vamos a dormir?", dice él. "Bueno", contesta ella. Así de simple. Sueños que se sienten: el reloj, las campanas, los susurros. ¿Cuál será el cuarto sueño de Mary? Julio viaja a reencontrarse con alguien: se ven fotos pero no el reencuentro. El vacío sin su presencia se convierte en espera, más lluvia y sombras. La ventana indiscreta no revela. Los zapatos de Julio sí.
Cuando vuelve del viaje, el árbol está caído. Con la tranquilidad de siempre, y la resignación de lo que era de esperar, recupera algunas ramas, y se lleva el muerto adentro de la casa. Porque hay que velarlo como un integrante más de los Fontán, transformarlo y hacerlo eterno. Son las buenas memorias que resurgen, mientras se lo crema y alguna de sus ramas se hacen humo. Es el intento de volver a darle vida. Y lo logran... los tres. Es el símbolo del orgullo que los Fontán deben tener sobre Gustavo, quien echó raíces más allá de los 65 minutos que dura la película.

Pensaba responderle que no. Pero después apareció ella con una copia del crucigrama y lo comprendí mejor. Yo también las escucho crecer.

"El árbol"... Nueva crítica

(Por María Laura Caneda, estudiante de Diseño de Imagen y Sonido, publicada en la Revista Criterio N ° 2326 - Mayo 2007)

Sobre los recuerdos y el futuro del cine nacional
A propósito del reciente film argentino “El árbol” , de Gustavo Fontán

María y Julio, los personajes de este relato audiovisual, se ven inmersos en un universo repleto de recuerdos. Ambos en sus sesenta y pico, habitan un hogar donde los aromas de tiempos pasados vuelven a renacer a través de diapositivas que inmortalizan rostros familiares, inmutables, maniquíes de un tiempo muerto. Las acacias, dos árboles que viven en la vereda de los ancianos desde el nacimiento de uno de sus hijos, son la motivación de Julio en este universo en apariencia inmóvil. Uno de los árboles está a punto de desmoronarse, se ha secado y, según María, lo más conveniente sería quitarlo; pero Julio insiste en no hacerlo. Estas acacias se encuentran unidas, ramas entrelazadas que se abrazan para sostenerse entre sí: hermosa metáfora de María y Julio.

Los recuerdos son parte diaria de esta pareja. Quien los rememora a través del diálogo es ella: nombra a los amigos fallecidos, describe las situaciones en las diapositivas, recuerda hechos que sucedieron tiempo atrás. Julio recuerda a su manera; en el silencio trata de conservar y arreglar los objetos que lo invitan al recuerdo. Cada uno con su estilo construye el propio presente que también se halla entrelazado con el de su cónyuge. Dentro de esta construcción, Julio y María conviven en un tiempo que va construyendo desesperadamente otro tiempo que se dibuja en sus arrugas y en la corteza de las acacias, un tiempo tan propio que hace avanzar las agujas del reloj con una pausa infinita.

Julio intenta revivir la acacia con fertilizantes, única preocupación dentro de su vida. Finalmente el árbol cae sin necesidad de derribarlo. Es allí cuando Julio también se derrumba anímicamente. Aquella imagen a través de una de las pequeñas ventanas de la casa, en la que se ve a Julio quemando las ramas de la acacia, contiene una belleza estética y un significado simbólico muy rico y variado. A través del fuego se incineran los recuerdos: el humo y las cenizas son lo que quedan de las experiencias vividas.

A través de un registro documental, el director Gustavo Fontán narra reuniones familiares desde una calidad y tranquilidad que denotan cariño inmenso por su familia y por la labor cinematográfica que desempeña. Lo ayuda el hecho de trabajar con su familia, de conocer a los padres-actores, sus gestos, movimientos, sus maneras de sentir. Gustavo supo dónde ubicar la lente de la cámara, cómo iluminar, cómo construir ese universo sonoro, gracias a ese saber que fue construyendo desde su infancia.

Conocer cada rincón de su hogar lo ayudó a filmar esa escena en la que como un espía pequeño mira, a través de unas cortinas amarillentas, a su padre jugar con los nietos pequeños. Construye a través del sonido un ambiente de misterio que atraviesa al espectador y lo lleva a hundirse en ese universo tan personal.

Uno de los temas que más me atravesaron a mí como espectadora, fue el tratamiento de los recuerdos que se realiza en la película. Estos recuerdos se construyen a través de voces, de aromas narrados por María (ya llegará el cine con aromas), de fotos desgastadas en blanco y negro, paredes que susurran, pisos caminados por personas conocidas y otras no tanto.

Ella recuerda, él recuerda, cada uno a su manera; ella recuerda que el hueco del árbol había sido nido de cartas de amor, él recuerda el día en que lo plantó. Y yo recuerdo la sombra del árbol sobre la fachada de aquella casa. Rememoro el aroma a tilo, las veredas anaranjadas, la casa de piedra blanca casi gris, el aroma del tuco de la nonna, las arrugas de sus manos. Eso logra Fontán, hacer reflexionar al espectador acerca de sus propios recuerdos y de su propio tiempo también, del ahora; y cómo las vivencias se van volviendo recuerdo tan rápido. Cada espectador a su manera interpretará el lenguaje que el director ha mostrado en pantalla, cada uno recordará las partes de la película que quiera recordar. Como dice Pedro Aznar: “Qué locas son las cosas que al alma se le antoja conservar”.

El símbolo cultural del árbol está presente, las raíces relacionadas a la familia, también la corteza cuenta historias, como las arrugas de María y Julio. Pareciera además que Fontán gusta de los entrecruzamientos, de lazos laberínticos que muestra a través de la sombra de las ramas de las acacias, y cuando el agua recorre las pequeñas canaletas de las baldosas en la vereda.

El árbol se estrenó en el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (edición 2006), participó también del Marfici 2006 (Festival Internacional de Cine Independiente de Mar del Plata), se visualizó en Polonia y Uruguay, y se estrenó el 1º de febrero en los cines Gaumont y Tita Merello. Esperamos contar pronto con la versión en DVD.

En estos momentos el director se encuentra trabajando en un documental sobre el poeta entrerriano Juan L. Ortiz. Anteriormente Fontán realizó un mediometraje (documental con rasgos de ficción) en donde el protagonista es el poeta jujeño Jorge Calvetti; y ya tuvo una participación cinematográfica en 1986 Gombrowicz, o la seducción (Representado por sus discípulos), de Alberto Fischerman.

El cine argentino va construyendo aún su camino, su inmensa variedad de miradas en contraposición con otro cine que no hace más que crear estereotipos y situaciones en apariencia distintas pero de estructura idéntica. Hace tiempo que han surgido películas que invitan al espectador a pensarse: Pizza, birra, faso de Caetano-Stagnaro, La ciénaga de Lucrecia Martel, El custodio de Rodrigo Moreno, Los rubios de Albertina Carri, Cama adentro de Jorge Gaggero; películas que tratan diversos temas desde puntos de vistas distintos pero que invitan a la reflexión de los espectadores.

La cinematografía argentina también amplía su desarrollo realizando copodrucciones que ayudan al intercambio cultural, por ejemplo en Hamaca paraguaya de Paz Encina, participaron Paraguay, Argentina, Francia, Holanda, Austria y Alemania. Sería interesante lograr un sistema de coproducción entre países latinoamericanos, con temas más relacionados con los nuestros, preocupaciones existenciales, marginalidades, vivencias similares que en algún punto confluyen.

Parte de esta labor está siendo llevada a cabo desde el año 2003-4 por el OMA, Observatorio Mercosur Audiovisual, que es un “instrumento operativo creado por la RECAM (Reunión Especializada de Autoridades Cinematográficas y Audiovisuales del Mercosur y Estados Asociados) con el propósito de obtener, procesar y poner en servicio datos e información del cine de los países del Mercosur, para contribuir al desarrollo productivo y a la integración de la industria y la cultura audiovisual regional e iberoamericana”.

Este organismo no sólo se ocupa de gestionar y promover la relación de los países de la región iberoamericana sino también de fomentar el cine de cada país, defendiendo la diversidad y la identidad cultural de cada pueblo de la región.

En conclusión la película de Gustavo Fontán forma parte de un cine que logra crear una conciencia de individuo dentro de una determinada cultura, no una individualidad alienada, sino que invita a la reflexión al espectador y a un intercambio de diversas miradas.
Revista Criterio © Copyright 2005
http://www.revistacriterio.com

sábado, 5 de mayo de 2007

Pronto, novedades de Tribeca

Actualmente me encuentro en los Estados Unidos, con motivo de la participación de "El árbol" en el Festival de Cine de Tribeca.

No he tenido mucho tiempo de escribir, pero espero hacerlo la semana próxima con buenas noticias.

Nos vemos pronto.

Gustavo

sábado, 21 de abril de 2007

Mi nuevo Blog

En diciembre del año pasado, alentado por algunos amigos que me recomendaban abrir un sitio en Internet a través del cual pudiera intercambian opiniones con la gente y publicar novedades relacionadas con mi profesión, abrí mi primer Blog, bajo el dominio http://gustavofontan.blogspot.com/.

Como me pareció una muy buena idea, accedí a hacerlo con alguna que otra ayuda...El Blog fue creciendo en visitas y comentarios, circunstancia que coincidió con el lanzamiento comercial de mi último largometraje, EL ARBOL.

Y me permitió por primera vez actuar en tiempo real sobre un medio de comunicación, conforme se producían las novedades.

Sin embargo, en este último tiempo, y por razones que desconozco amén de haber agotado todos los medios disponibles para encontrarle una solución, no he podido ingresar más al Papel de Control de "mi primer blog" (algo relacionado con el ID y la clave que no son reconocidos), y me vi en la necesidad de crear otro para seguir comunicándome con la gente como lo he venido haciendo hasta hoy.

Mi nueva dirección, http://gustavo-fontan.blogspot.com/ será nuestro nuevo lugar de encuentro. En él también encontrarán algunas de las notas y críticas publicadas en el Blog anterior.

También incluí un Link al antiguo Blog; está ubicado en el sector izquierdo del nuevo, sobre mi foto), para acceder a la totalidad de lo publicado en caso que deseen hacerlo.

Bueno, los dejo por unos días, hasta mi regreso del Festival de Tribeca, donde competirá "El árbol". Hasta pronto.

Gustavo Fontán

Próximos pasos...

(Publicada originalmente el el Blog anterior del Director, marzo de 2007)

Hace casi dos meses ya del estreno, y EL ARBOL sigue en cartel. Para todos nosotros es una gran alegría ya que estamos convencidos de que una película se completa con el público. Ese encuentro con el otro es una renovación de muchas cosas: reflexiones, entusiasmos, convicciones.

Hay como un conjunto de circunstancias que quedan en el ámbito de lo privado: llamados o correos de personas desconocidas que después de ver la película sintieron deseos de contarnos algo.
Estos mensajes llegan y ocurren día a día, y son como una gran caja de Pandora, nos sorprenden, completan nuestra visión del mundo.
EL ARBOL tiene ahora nuevos desafíos por delante. Por un lado, llegará a varias ciudades del interior del país a través de los Espacios INCAA.

Por otra parte, competirá por el premio al mejor documental iberoamericano en el próximo Festival de Guadalajara (22 al 30 de marzo), y un mes después competirá en el Festival de Tribeca en Nueva York.
Quería aprovechar para agradecer a todos los que nos alentaron. Muchas gracias.
Gustavo

"El árbol" - Crítica; Diario La Nación, 1-2-07)

(Publicada originalmente en el Blog anterior)

El árbol (Argentina/2006). Guión y dirección: Gustavo Fontán. Fotografía y cámara: Diego Poleri. Montaje: Marcos Pastor. Sonido: Javier Farina. Con Julio Fontán y María Merlino. Presentada por Primer Plano. Hablada en español.
Duración: 65 minutos. Calificación: para todo público.

Por Claudio Minghetti

Pero ¿qué pasa si por lo contrario es el cineasta el que se propone apostar fuerte a un lenguaje cinematográfico poético? Parece imposible que una pintura, o la obra de un pintor, puedan ser llevadas al cine. Sin embargo, Víctor Erice logró hacer cine de acuerdo a las obras de Antonio López, al deslumbrar con la precisión con que en El sol del membrillo trasmite las obsesiones del artista hasta las últimas consecuencias.

En El árbol , Gustavo Fontán no adapta obra literaria, poesía o pintura alguna, sin embargo consigue reflejar, como en un poema o una pintura, la poesía que el tiempo, de manera inexorable, imprime a los rostros y a los cuerpos, en este caso los de sus padres, igual que a los árboles.

La obra de Fontán tiene un registro que podría definirse como documental pero, a la vez, queda en claro que es una representación de la realidad en la que sus padres, María y Julio intercambian posturas opuestas frente al destino de un par de acacias plantadas en la vereda de su casa, en Banfield. Uno de esos árboles, según la conclusión de la mujer, está seco, no tiene futuro; y puede ser peligroso para los que caminan por allí. Para su esposo, que lo plantó cuando nació uno de sus hijos, ese mismo árbol tiene todavía esperanzas de seguir vivo.

Trabajo obsesivo

"¿Hay entre los árboles una dicha pálida,/final, apenas verde, que es un pensamiento/ya, pensamiento fluido de los árboles,/luz pensada por estos en el anochecer?" dice un poema de Juan L. Ortiz (de El alba sube , 1937), con el que Fontán abre su relato, el que cumple la función de abrir camino a su propia metáfora acerca del paso del tiempo en esos seres queridos y aquel árbol, los mismos que lo acompañaron en su niñez y juventud.

Fontán recurre al esquema de Erice en El sol del membrillo al tomar apuntes acerca del discurrir del tiempo. Mientras el cineasta español siguió cuerpo a cuerpo a López mientras tomaba como modelo a un membrillo del jardín de su casa tal como era iluminado en un momento preciso, trabajo que se convirtió para uno y otro en una obsesión, el argentino sigue a sus padres y esos árboles, de acuerdo con las diferentes luces y colores de las cuatro estaciones, en un rodaje que duró dos años: los acaricia con su mirada.

Es en ese punto en el que tiene protagonismo la sorprendente fotografía de Diego Poleri que consiguió tanto en la primer copia digital (vista en el Bafici) como en la actual fílmica (que demoró más de seis meses en terminar), un singular registro de los verdes vegetales, de los claroscuros y del juego expresivo de las luces sobre los rostros.

También tiene papel protagónico la banda de sonido, sus ruidos apenas perceptibles, las voces, el agua que fluye de diferentes formas, responsabilidad de Javier Farina.

En El árbol no hay palabras de más ni de menos, tampoco imágenes que no cumplan un papel dentro de un todo que se va completando y ajustando minuto a minuto, y cada reflexión tiene que ver con la excusa elegida por el director para hablar del paso del tiempo, un tema que le preocupa, como a todos, incluso más que la muerte.

"El árbol" - Críticas

(Publicadas originalmente en el Blog anterior)

Un poema sobre el tiempo y la muerte (Crítica de Horacio Bernades; Diario Página 12, del 2-2-07)

El cuarto largometraje de Gustavo Fontán se mueve entre la vigilia y el sueño.

Se diría que es el sueño, y no la realidad, el que rige tonos, tiempos, el modo en que las imágenes de El árbol se escancian e intercalan.

Así lo explicita (sin el menor subrayado, dejando que sea el espectador quien lo advierta) una escena en que la protagonista anuncia que se va a dormir, tras lo cual se sucede una breve serie de imágenes cuasi fantasmales, intangibles, desligadas de todo hilo narrativo.

Sin embargo, todavía, esas imágenes son lejanamente reales y concretas, como suelen serlo las de los sueños.

Y eso que, se supone,

El árbol sería algo así como un documental, en el que los padres del protagonista discuten si talar o no una vieja acacia, situada al frente de su vieja casa de Banfield. Eso sería todo, y sin embargo es casi nada: lo que parece interesarle a Gustavo Fontán (Buenos Aires, 1960) no es tanto la imagen visible como la latente, esa que se vislumbra entre un plano y otro.

Expresión, tal vez, de otras fronteras: la que está entre la vigilia y el sueño, entre lo tangible y lo inaprensible. ¿Entre la vida y la muerte?.

Cuarto largometraje de Gustavo Fontán (contando documentales, ensayos experimentales y películas de ficción, films estrenados e inéditos), El árbol es uno de esos diamantes frágiles, luminosos y casi secretos que cada tanto el cine argentino entrega, y de los que películas como Hamaca paraguaya y Porno son muestra reciente. No hay una sola imagen de El árbol que no haya sido tomada de la realidad. Es más: el entorno, la argamasa con la que Fontán trabaja, es fácilmente adscribible a un realismo barrial argentino, con casas viejas, patios, glicinas, la presencia de los vecinos y la cocina como núcleo cotidiano.

Si en su punto más bajo ese realismo pare el costumbrismo (el propio Fontán había quedado atrapado ahí, en su hasta ahora único largo de ficción, Donde cae el sol, de 2002), aquí el realizador hace la operación inversa y lo eleva hasta la abstracción, con un simple procedimiento de mirada. El procedimiento consiste en observar el detalle mínimo antes que el hecho, lo que queda fuera del campo de acción en lugar de lo que ocupa el centro, aquello que suele darse por
conocido y sin embargo una mirada distinta puede iluminar como si fuera nuevo.

El método queda claro de entrada, antes de los títulos incluso, cuando se ve a la sesentona María (María Merlino, madre del realizador) realizando el más banal y mecánico de los rituales: colgar ropa en el patio. Al filmarlo en planos-detalles (el broche, la mano que lo engancha, la brisa que acaricia la ropa, las gotas que caen sobre el piso) de pronto, súbita y milagrosamente, ante los ojos del espectador colgar la ropa ha pasado a ser algo distinto. ¿Ha pasado a ser qué?

Básicamente, una cadencia casi musical de tempos y de luz, en la que el modo en que el rayo del sol incide sobre el plano y el tiempo en que cada plano se expone y se entrelaza con los que lo siguen y anteceden lo es todo.

Suite visual y musical en 65 minutos, no es que El árbol no tenga temas de los que hablar. Muy por el contrario.

En principio está la cuestión de la acacia, que no es una sino dos. Dos acacias contiguas, plantadas frente al hogar de los Fontán, de copas entrelazadas. Dos acacias tan viejas como los dueños de casa, que están en esa edad en la que se mira pasar el tiempo (como sucede sobre todo con él, con Julio), se vive entre recuerdos de muertos queridos (como es el caso de ella, de María) o se proyectan viejas diapositivas sobre la pared (como hacen ambos).

María quiere podar la acacia seca. Julio se resiste a hacerlo y riega la corteza carcomida en primavera, como si el tronco no estuviera invadido ya de hormigas y babosas. “Me parece que lo que pasa con tu abuelo es que como plantó el árbol cuando nació tu papá, no quiere tirarlo abajo”, le dice María al nieto, cuyo padre podría ser (o no) el propio realizador.

Si un tema discurre claramente a lo largo de El árbol es el tiempo. Y su primo, la muerte. El tiempo está presente en la piel apergaminada de María y Julio, en el modo lento en que los pies de ella se arrastran por los pasillos, en la manera en que él revisa su museo de anteojos personales y no logra encontrar el que usa, en el canturreo de la voz de ella, cuando recuerda su reiterado sueño de todas las noches o enumera el nombre de los parientes que ya no están.

Pero también en el modo en que el agua con la que se baldea el patio se filtra lentamente entre las lajas, desparramándose como si fuera el tiempo mismo.

¿Puede llegar a ser profundamente sobrecogedora la simple imagen del agua discurriendo en todas las direcciones, como sucede aquí? ¿Por qué, en tal caso?.
Difícil precisarlo, pero daría la sensación de que la delicada manera en que Diego Poleri persigue el sol y sus reflejos, los sonidos captados por Javier Farina y los planos que Marcos Pastor funde y encadena como acordes tienen todo que ver con ello.
El árbol se abre con una muy pertinente cita del poeta entrerriano Juan L. Ortiz, sobre el que el realizador prepara un próximo trabajo. Del mismo modo, ha filmado ya documentales sobre los poetas Jorge Calvetti y Jacobo Fijman, sobre Marechal y Macedonio.
Es posible que El árbol –que se exhibe en cuatro salas porteñas, en impecables copias de 35 mm– no necesite hablar de poesía, simple y definitivamente porque lo es.

Puntaje: 9
Argentina, 2006.
Dirección y guión
: Gustavo Fontán.
Fotografía: Diego Poleri.
Intérpretes: Julio Fontán y María Merlino.