martes, 15 de julio de 2008

Las huellas de lo real

Durante la preparación y realización de Marechal o la batalla de los Ángeles comencé a pensar en un tema que orientaría las búsquedas de ésta y de las películas siguientes.

Había una operación en la obra de Marechal que me intrigaba: las formas de insersión de lo real en el dispositivo ficcional. Hablo, en principio, de cuestiones elementales de lo real: nombres de ciudades, calles, bares, personas. Me interesaba la tensión que esta operación provocaba y la expresividad que surgía de esa intersección.

Fue, para mí, el comienzo de una reflexión sobre las huellas de lo real en la imagen cinematográfica.

Quizás, el primer aspecto de esta reflexión está ligada a los espacios. En 2000, María de los Ängeles Marechal me invitó a hacer un viaje a Maipú, ciudad de la que hay numerosas referencias en la obra de su padre. El viaje lo haríamos junto a un grupo de estudiosos como cierre de las jornadas marechaleanas. Allí fuimos.

Esto es lo que anoté en mi libreta sobre ese viaje: “La cuestión es así: de pronto, los veinte tipos nos encontramos recorriendo Maipú en un viejo micro de la municipalidad. Paramos en una esquina. María de los Ángeles nos señala un sitio donde hay una construcción relativamente nueva. Nos pide que miremos por detrás de la casa: se ve, recortada, una porción de una pared de ladrillos. Nos dice: “es una pared de la Casa de la Loma”. Eso es lo que vemos: un fragmento de pared, algunos ladrillos, la huella de una casa en una loma que ya no existe. Es decir: veinte tipos, a través de la ventanilla del colectivo, miramos una ausencia.”

A la hora de pensar en los espacios para el rodaje, un hallazgo nos alegró. Existía el Izmir. El café que estaba cerrado porque pronto lo echarían abajo, aún conservaba parte de su mobiliario: mesas, sillas, vajilla... Fue como abrir un viejo mundo, un túnel entre dos tiempos.
Me pregunté: ¿Cómo hacer para que la filmación del Izmir no sea un mero registro? ¿Cómo hacer para que lo real aporte fragmentos, piezas, sonidos, para una nueva construcción?

Seguí pensando: Si este espacio es depositario de lo vivido... ¡Hay que dejarlo hablar!.

Sinceramente, no sé si lo conseguí del todo con el Izmir. Mi pensamiento era incipiente. Pero hay hechos que profundizaron la reflexión. Rescato un nuevo fragmento de mi libreta: "Estamos filmando en el Izmir. Esta mañana nos toca la escena del banquete. De pronto entra un hombre al bar, tendrá unos noventa años. Nos pregunta qué hacemos y le contamos. Nos dice que es hijo del primer dueño del Izmir. Casi llorando, nos señala el lugar donde su padre cocinaba pescado. Después, naturalmente, rompe las fronteras entre ficción y realidad, se sienta en la mesa del banquete y se pone a cantar”.

En las películas siguientes avancé sobre estas preocupaciones. Desde entonces, rodar, para mí, tiene que ver con un cruce entre el plan y el encuentro. La película debe ser el resultado de una inscripción de lo real en el dispositivo ficcional. Con ese criterio, fuimos a Maimará, a la casa natal de Jorge Calvetti, mientras rodábamos El paisaje invisible. Después, me interné en la casa de mis padres, mi casa natal, para filmar El árbol. Por último, recorrimos con esta intención los sitios habitados por Juan L. Ortiz para realizar La orilla que se abisma.

El rodaje no es la mera reconstrucción de lo planificado. Desde una firme intención inicial nos disponemos a descubrir. Siempre son cosas simples: el modo como la luz toca los muebles o los rostros, las texturas de las paredes, los movimientos de los cuerpos, el encanto de la voz o del silencio.

Para seguir pensando en los pasadizos entre realidad y ficción, quisiera rescatar todavía un fragmento de mi libreta: “Estoy en el INCAA esperando para una reunión. Una secretaria ( digamos L., de unos sesenta años) me llama:

- Gustavo, sé que hiciste una película sobre Marechal.

Le contesto que sí y que estamos por estrenarla.

- No sé si te acordás de un bar que se menciona en el Adán: el Izmir.

Le contesto que no sólo me acuerdo sino que toda la película fue filmada ahí. L. se sorprende y me dice que su abuelo fue el fundador.

Le cuento, entonces, del hombre que apareció mientras rodábamos el banquete.
-Es mi padre, seguro que es mi padre.

Tengo algunas fotos entre mis cosas; busco una de la escena del banquete. Desgraciadamente, la foto está encuadrada de tal modo que el hombre, el supuesto padre de L., no aparece. Me acuerdo de pronto y le cuento que se puso a cantar.

- Seguro, seguro que es mi papá.

Le regalo la foto y la pone debajo del vidrio de su escritorio.

Al día siguiente, L. me llama por teléfono:

-Gustavo, no dormí en toda la noche. Quiero pedirte un favor: ¿me dejarías ver la película? Hace diez años que no veo a mi padre.”

Para cerrar, un último dato: Si alguien se acercara hoy a la calle Gurruchaga , para ver el café Izmir, observará, como nosotros en aquel viaje a Maipú, una ausencia.

Gustavo Fontán

Texto leído por Gustavo Fontán en la Peña Literaria 'Trenti Rocamora'

domingo, 22 de junio de 2008

Crítica: Cineísmo, por Javier Luzi

"Juanele" (el entrerriano Juan L. Ortiz) es el poeta de los detalles, de lo minúsculo, de ese pequeño elemento que se hace vida merced a la lupa misteriosa y querida de su vista.

Venerado por sus colegas y la crítica, todavía por descubrir (la dictadura ordenó quemar toda su obra y su edición completa –después de su muerte) para el público en general, encontró en Gustavo Fontán un traductor eficaz que supo volver imágenes cinematográficas sus palabras poéticas casi arriesgándose a la experimentación.

El director, ya en su anterior El árbol, había conseguido, aunque con menores aciertos, hacer del sencillismo virtud. Acá aboga por hacer verdad las palabras del poeta en eso de la apuesta por lo simple. “La revolución del descanso” que se patentiza en esas imágenes reposadas, lentas, que se articulan para dar cuenta de la naturaleza (árboles, gato, hombre, río) filmadas siempre con sonido directo.

Fontán utiliza los recursos que tiene a su alcance para, evitando ilustrar la poesía, volver lírica la pantalla misma. Con un fuera de foco convierte lo que se ve en algo así como aquello que resulta del uso de una técnica puntillista en lo pictórico y busca en la luz de las cosas enfocadas borronear las formas o en la filmación en movimiento también diluir los límites. Lo móvil, lo fluyente en lo acuoso como fuente originaria. Los espacios que se vuelven ámbitos y después el hombre de pronto, de repente, apenas como un eslabón más.
Apropiándose de imágenes de documentales anteriores a las que suma en su cadena de significación y trastocando lo cinemático, por momentos, en los trazos de pinceladas como si la pantalla fuera un lienzo, La orilla que se abisma consigue, sin recurrir sino en el cierre a la voz del homenajeado leyendo un poema, emocionar profundamente.
Javier Luzi

sábado, 7 de junio de 2008

Una nueva alegría

En anteriores ocasiones les conté acarca de las renovadas alegrías que nos brindaba "El árbol". Cuando todo nos hacía pensar que el ciclo del filme se había cumplido, y que eran tiempos de nuevos desafíos, sucedía algo -la invitación a algún festival, una exhibición, o un reconocimiento de alguna persona que la había visto tardíamente-, que nos confirmaba que "el árbol" se resignaba a dejar caer sus últimas hojas.

Bueno, hace pocos días nos llegó la noticia desde Francia. Y todos los que trabajamos en la película nos pusimos muy contentos...

El árbol había sido distinguida con el premio "Fernando Birri" en ocasión de la Décima Edición de "La Sudestada Quincena de Cine Argentino", llevada a cabo entre el 13 y el 30 de mayo en París.

En los proximos días, la noticia estará disponible en el sitio web de quienes nos honraron con el premio, en http://www.lasudestadaparis.com/

A la gente de La Sudestada, y a todos los que hicieron posible este premio... Gracias!!

Gustavo

sábado, 31 de mayo de 2008

La orilla llega a Santa Fe


Desde el ppdo. jueves 29 de mayo, La orilla que se abisma se está proyectando en el cine América, ubicado en la calle 25 de mayo 3075, de la ciudad de Santa Fe. Los días y horarios de proyección son los siguientes:


* Jueves: 20:15 hs.
* Viernes 18:00 hs.
* Sábados: 17:30 hs.
* Domingos: 18:45 hs.
* Lunes: 19:15 hs.
* Martes y Miércoles: 22:15hs.

Los socios del Cine Club y los Jubilados, abonan un precio especial por entrada de $6; los empleados bajo Convenio ATE, $3.

En otro orden de cosas, los invito a leer una nota sobre mi película, publicada en Revista "Ñ".

Nos vemos pronto.

Gustavo

viernes, 9 de mayo de 2008

La orilla que se abisma, en Entre Ríos

Me llegó tarde la noticia, y no pude informarla a tiempo a través del Blog.

Ayer, el ciclo televisivo "FICCIONES DE LO REAL", que transmite Canal 7, a las 22 horas, exhibió EL ARBOL, mi ante última película. Me habría gustado que aquellos que no la vieron en su momento la conocieran, pero me fue imposible... Una lástima.

Espero que en futuro cercano regrese al aire, y poder llegar a tiempo.

De todas maneras, tengo una buena noticia para darles.

Aquellos que residan en Paraná, Entre Ríos, podrán ver LA ORILLA QUE SE ABISMA en el cine REX. Desde ayer está en cartel, y se suma a la segunda semana de exhibición en las tres salas capitalinas que la están exhibiendo.

Hoy les estoy escribiendo desde allí, y a las 20 hs realizaremos la función estreno junto a mucha gente que trabajó conmigo, y que fue la que hizo posible que me "encontrara" con ese gran poeta que fue Juanele.

A mi regreso, compartiré con ustedes esta experiencia.

Gustavo

martes, 6 de mayo de 2008

El navegante lúcido y el pasajero invisible

Sin palabras. Ahí está el río abriéndose en un plano. Sobre el agua y a bordo de un bote la cámara se adentra en un viaje de fuga. ¿Fuga de qué? Quizás del significado, tal vez del sentido. ¿Y acaso la poesía no es eso?: una permanente fuga del sentido y las palabras, ¿hacia dónde van? Habría que preguntarle al poeta. Pero el poeta ya no está, no existe y entonces qué mejor manera de evocarlo que imaginándolo, pensándolo, reinventándolo en un cúmulo de sensaciones visuales como si estuviera allí en el río, en ese bote que lo surca, acompañado de un navegante lúcido. Ese navegante es Gustavo Fontán, artífice de La orilla que se abisma.

Y si de orilla se trata lo que el director de El árbol intentó con esta obra es pararse a orillas del cine experimental o lo que muchos denominan de vanguardia, a partir de un viaje por la poética del escritor y poeta entrerriano Juan L. Ortiz.

Igual que en su opus El paisaje invisible que traía a la memoria la figura del jujeño Jorge Calvetti, también poeta, la idea de viaje se hace presente en la manera con que Fontán aborda los recuerdos y la memoria. Pero ese viaje en el caso de La orilla… es más hacia adentro que hacia fuera. El adentro de lo que pudo haber inspirado al poeta cuando vivía rodeado de la naturaleza; el adentro de ejercer -sin saber muy bien cómo- el hábito de la contemplación para deslumbrarse con lo que no puede abrazarse, como la naturaleza. Por eso, es la cámara y sólo ella la que logra captar la esencia de la naturaleza sin recortarla en un único significado como suele darse cuando se utiliza una palabra.

La cámara de Fontán escudriña en los recovecos de las texturas y se maravilla cuando descubre, por ejemplo, los colores vivos o el ojo huidizo de un gato que apenas aparece. ¿Le gustarían los gatos a Juan L. Ortiz? Seguramente, de ellos admiraría el halo de misterio, el enigma que se lee en sus rostros o simplemente quedaría atónito porque son animales, como con los árboles, o con el viento, o con el río, o con los bosques… Un torbellino de imágenes, de colores que por momentos convierten al río en una pantalla oscilante. Es ese cine oscilante. Puro, inclasificable, impenetrable el que se respira en cada plano del opus de Fontán que debe mucho al gran aporte de la fotografía de Luis Cámara.

¿Cómo plasmar en un lenguaje cinematográfico el mundo interior y la inspiración de un poeta, sin traicionarlo, sin agotarlo en un anhelo casi imposible? El realizador de El Canto del cisne parece haber encontrado un camino: reinventándolo. Eso es lo que se respira en esta apuesta a los valores expresivos del cine, donde la recreación de un viaje por el río nos conecta con el mundo interior del poeta entrerriano, quien aparece entre las imágenes como una suerte de fantasma sin rostro; que se disipa en la bruma del recuerdo pero que vive en cada latido de la naturaleza que está allí, majestuosa, imponente, inescrutable como la mirada que surca el río y se pierde en un naufragio de palabras transportadas por el viento y el silencio. Palabras que no pueden escucharse aunque se sienten, se palpan, del mismo modo que la presencia-ausencia de Juan L. Ortiz.
Pablo E. Arahuete

PUNTAJE





Publicado en CINEFREAKS, el 5-5-2008

sábado, 3 de mayo de 2008

El suspiro de los árboles

Página 12 - Viernes, 02 de Mayo de 2008

El realizador de Marechal o la batalla de los ángeles y El árbol se interna en la obra del gran poeta entrerriano Juan L. Ortiz, pero evita tanto el documental como la tentación de ilustrar su lírica en imágenes, para proponer en cambio un diálogo con sus versos.

Por Juan Pablo Cinelli

Hay un gato que se va quedando quieto entre el pasto, y a veces mira a cámara directamente: los actores no deben hacer eso. La cámara lo muestra desde diferentes ángulos, siempre ahí. Un pájaro viene a pararse detrás de él, pero a ninguno de los dos parece importarle. Hay lugar para ambos.

Después los árboles, sus ramas, sus hojas en primeros planos tan cerrados que casi no se puede ver más allá, y enseguida la lluvia. Los sonidos se van superponiendo, tramando un colchón sobre el que las imágenes se derraman; pronto no hay diferencia entre ellos.

Como si nadie la condujera, la cámara encuentra el río y lo sigue como a un Dios que lo abarca todo. Incluso al hombre, otro detalle del paisaje que casi puede ser visto con claridad, pero también de-sencajado por un fuera de foco que lo funde a las sombras verdes y grises de la ribera. Los reflejos sobre la corriente atestiguan que otra imagen del mundo es posible. No es raro que un colega cediera a la tentación de dormirse en primera fila: todo aquello bien podría ser la duplicación de un sueño.

Basada en los versos del entrerriano Juan L. Ortiz, La orilla que se abisma tiene algo del viejo cine mudo, apenas musicalizado por una orquesta en vivo que aquí es reemplazada por el sonido del viento entre los árboles, de la lluvia sobre el agua viva del río como quizá pudo haberla oído tantas veces el poeta.

Tal cual haría aquél, el director Gustavo Fontán y su equipo parecen haber realizado un análisis de los recursos disponibles (y posibles) para revivir esa mirada, haciendo coincidir fondo y forma en una construcción poética levantada a partir de elementos puramente cinematográficos: la imagen, su color y su contorno, y el modo en que la luz se confunde en ellos, definiéndolos o esfumando a uno contra el otro hasta obtener un objeto nuevo, a veces sereno y otras angustiante, como producto único de esta particular observación.

El film dialoga con la obra de Juanele, pero sin ser una pregunta ni una respuesta a sus versos; a cambio, consigue traducirla sutilmente al lenguaje de la fotografía en movimiento, sin traicionar la delicada esencia del original. La orilla que se abisma no es un documental: el documental equivale al ensayo y aquí no hay otra cosa que poesía.

Tal vez ésta no sea una película para recomendar a un público masivo; desde sus principios estéticos, el film de Fontán se aleja deliberadamente de la masividad, proponiendo una obra que es fruto de una mirada de decidida intención poética, y ya se sabe que la poesía es el menos comercial de los géneros literarios, incluso cuando se elige imprimirla sobre celuloide con trazo amplio y luminoso.

A todo esto, ¿quién fue Juan L. Ortiz? Antes de arriesgar un retazo biográfico que será tan inútil para sus amantes como breve para quienes no lo conozcan, desde aquí se recomienda buscar su perfil en el volumen de su obra completa. Será un triunfo si se gana otro lector para sus versos.

sábado, 26 de abril de 2008

La orilla que se abisma estrena el 2 de mayo

LA ORILLA QUE SE ABISMA
ESTRENO: 2 DE MAYO
CINEMARK PALERMO - GAUMONT - TITA MERELLO
"Bellísima, contemplativa, hipnótica, casi onírica".
Miguel Frías, Clarín


"Pocas palabras, muchas reflexiones hechas imágenes, ningún lugar común, y la sensibilidad del homenajeado finalmente unida a la de un artista que sigue sorprendiendo".

Claudio Minghetti, La Nación


"Fontán crea un palimpsesto de texturas, formas y colores, partiendo de cuadros naturalistas y transformándolos en figuras abstractas de gran poder evocador".

Diego Brodersen, Página 12


"Es el film más extremo, audaz y radical de la carrera de Fontán. Un trabajo bello y contemplativo, un film extraño y embriagador"

Diego Batlle, Otroscines

"La película es un apacible y vívido viaje por un río que regala imágenes misteriosas y reales. El homenajeado es Juan L. Ortiz, y la experiencia es arrolladora".
Perfil


"La experiencia de ver La orilla que se abisma es la quedarse absorto. Es una película muy, muy bella."
Oscar Cuervo, La Otra

Crítica: Alicia Silva Rey (Agenda del Sur)

Crítica de Alicia Silva Rey, para Agenda del Sur (http://www.geocities.com/delsuragenda/

La orilla que se abisma, una película de GUSTAVO FONTÁN

1- La pantalla es un campo de prueba donde la materia trabaja. El cielo, el agua, el aire, la tierra, los animales domésticos, los instrumentos de trabajo, el hombre. Sentarse en la butaca del cine y prestarse a su advenimiento. La materia herida por los fulgores de su propia indecibilidad. La opacidad del mundo restallando en colores creados por la luz en el tiempo. La toda luz de una creación danzante en la materia recién nacida. Lo inminente ahí, delante de los ojos, en la oscuridad del cine. Lo que sucede es el tiempo material donde toda palabra parte, efímera, al encuentro de su ser en la luz. En el principio fue el poema pero era tan difícil pronunciarlo. Entonces tuvimos los colores, las formas, los objetos tallados por la luz en la materia informe. Cuando la primera mirada se posó en esa cuna del saber metafísico y no pudo callarlo, nacieron las cunetas del conocimiento que enmascararon tal vez sin querer el ritmo de la materia transtornada pero no la poesía verdadera. Dirán que nadie sabe qué cosa es la poesía verdadera. Es cierto, nadie lo sabe. Pero, de todas las religiones, las filosofías, las ciencias y las artes, sin desestimar nada e incluyendo el conocer en cada acto de la brizna humana, se ha desprendido, se desprende - y por ella nacieron-, la poesía verdadera. De eso se trata, creo, este cine que Gustavo Fontán funda, claro que no solo, pero el rigor y el riesgo de mirar sin atenuantes corre por su cuenta.

2- Los sonidos: el río, el viento, los pájaros, la lluvia, el árbol, las puertas y ventanas en sus goznes, el silencio, la sombra de las colinas sobre el plano púrpura o ciclamen. Y también: el árbol en la lluvia, el río en el silencio, el viento en los pájaros, la sombra purpúrea en los goznes.
Ha de haber quienes no podrán tolerar la sólo acústica del paisaje en la pantalla. Esperarán en vano un decir que ha de llegar, por último, en la voz de Juan L. Ortiz, desde un fondo que se evapora, entonando su poema con el ritmo que la película de Fontán habrá estado modulando antes de ponerle palabra.

3- Lo fuera- de- foco es aquello que se abisma a la orilla de la propia mirada. Por el plano móvil de la pantalla, el espectador busca la inminencia del límite, se topa con el devenir de un tiempo sin orillas. Los objetos que la materia arroja… este cine los atrapa como el agua versátil de un río, los torna disponibles, suscita la posibilidad de nombrarlos nuevamente hoja, ola, piedra, lluvia, pétalo, temblor. Fluir de la materia en la conciencia. Las herramientas del conocer crujen. Hay un desacomodamiento que no involucra sólo la visión o la experiencia cinematográfica. Una espectadora, en la función del miércoles 16 de abril, Bafici, Hoyts Abasto, preguntaba durante el debate de cierre de la proyección cómo se había logrado obtener esas imágenes, indagaba acerca de la manera de mirar que acució a esta película ( ella empleó la palabra “visión”), cómo se logró plasmar esta visión, dijo, de la materia cognoscible, concebible.

4- Despiertos, ellos duermen. HERÁCLITO.

Fotografía LUIS CÁMARA
Sonido ABEL TORTORELLI
Montaje MARIO BOCCHICCHIO y GUSTAVO SCHIAFFINO
Asistente de dirección JUAN GARCILAZO
Prod. Ejecutiva STELLA M. CZERNIAKIEWICZ
Guión y dirección GUSTAVO FONTÁN

sábado, 19 de abril de 2008

Cuando la poesía deviene cine

Cuando la poesía deviene cine

Diario La Nación - Sección Espectáculos - Jueves 17 de abril de 2008

Muchos cineastas se lo proponen, sin embargo, pocos lo consiguen: hacer un cine que recurriendo a lo esencial de la imagen pueda transmitir tantas sensaciones, en este caso, la esencia de la palabra del poeta entrerriano Juan L. Ortiz.

No es tarea sencilla. Los encuadres y sus desplazamientos aceptan someterse a la soberanía de la naturaleza y a la de sus sonidos, a veces apenas perceptibles.

Agua y cielo, esteros, el viento, silencio, verde y azul detrás del velo neblinoso del litoral, alguna silueta que revela, tímidamente, la escala humana. Fontán desafía las convenciones como pocas veces lo hicieron otros cineastas independientes argentinos y lo consigue, entre otras cosas, gracias a la sutil interpretación de su camarógrafo y director de fotografía Luis Cámara.

Pocas palabras, las de Ortiz ya en el final, muchas reflexiones hechas imágenes, ningún lugar común, y la sensibilidad del homenajeado finalmente unida a la de un artista que sigue sorprendiendo cada vez que vuelve, cada vez más seguro de sí mismo a usar el cine como instrumento de su arte de narrar.

Claudio D. Minghetti